cuando Gregorio Samsa En La metamorfosis, cuando despierta convertido en una alimaña, el lector experimenta algo más que la simple descripción de un insecto: experimenta dolor. Esta distancia entre descripción y sentimiento está en el eje de los debates contemporáneos sobre la inteligencia artificial y el empleo. idioma … La usamos para representar el mundo y nuestras emociones, y es una tecnología cognitiva que se ha desarrollado durante miles de años para organizar la realidad, comunicar conocimientos y coordinar acciones. Como resultado de este sistema estructurado de símbolos hemos establecido instituciones, ciencia, derecho y cultura. La inteligencia artificial ha aprendido a operar en este ámbito con extraordinarias capacidades combinatorias. Habla y escribe porque incorpora patrones que descubre en nuestros textos, imágenes y conversaciones.
Desde una perspectiva económica, esto tiene consecuencias obvias. Si el lenguaje es una herramienta esencial para abogados, periodistas, analistas financieros, programadores o consultores, entonces una máquina capaz de replicarlo y acelerarlo, la combinatoria tiene el potencial de reemplazar tareas que hasta hace poco parecían inmunes a la automatización. Informes recientes de Fondo Monetario Internacional y banco de españa Advierten que hasta el 40% de los empleos en las economías avanzadas podrían estar expuestos a sistemas generativos de IA. Ya no se trata de robots industriales, sino de algoritmos que redactan contratos, informes o campañas publicitarias.
Sin embargo, es importante no confundir representación con experiencia. La IA puede describir acertadamente nuestras descripciones de dolor, compasión o solidaridad; puede recrearlos de manera realista. Pero él no lo sintió. Cuando reconoces a un perro, reconoces patrones visuales; no tiene conocimiento de la naturaleza del animal ni experiencia en acariciarlo. Puede imitar la historia de la pérdida, pero no conoce el duelo. Esta diferencia es obviamente filosófica, pero también tiene implicaciones laborales y generacionales. Aquellos que han acumulado experiencia de vida (años de trabajo, fracasos, crisis económicas, cambios políticos) poseen un capital que no está enteramente codificado en los datos. La experiencia directa o el aprendizaje de las personas (maestros, mentores) nos permite discernir matices, detectar inconsistencias e interpretar el contexto histórico. En cambio, las generaciones más jóvenes corren el riesgo de derivar gran parte de su conocimiento de historias alternativas, desconectadas de la experiencia real.
La amenaza no es la destrucción de empleos sino la degradación de los estándares. Si la producción de textos, imágenes y discursos está dominada por sistemas recombinantes sin vida, las sociedades se acostumbrarán a una cultura cada vez más sintética. La ventaja competitiva, entonces, no es sólo tecnológica sino también experiencial. Las políticas públicas deberían apuntar menos a sofocar la innovación y más a reforzar lo que las máquinas no pueden replicar: una sólida educación en artes liberales, pensamiento crítico, responsabilidad profesional y experiencia acumulada. La inteligencia artificial dominará el lenguaje; la pregunta es si seguiremos dominando el significado. jmüller@abc.es