El presidente estadounidense ha anunciado que ha iniciado conversaciones con Irán, pero los detalles no están claros. Esto puede parecer una sorpresa, pero no lo es. En los conflictos armados que carecen de legitimidad legal internacional, es decir, que no son reconocidos por el sistema multilateral o son inconsistentes con los principios de la Carta de las Naciones Unidas, como la guerra de Irán, el Estado que inicia las hostilidades a menudo enfrenta rápidamente problemas de legitimidad estructural.
En el caso de Estados Unidos, los costos de reputación se acumulan desde el principio cuando la intervención se percibe como unilateral, preventiva o impulsada por intereses geopolíticos más que por una amenaza inminente claramente reconocida (el programa nuclear). Si esta decisión también está influenciada o impulsada por aliados estratégicos como Israel, que también participa activamente en operaciones militares, el conflicto puede interpretarse internacionalmente como un esfuerzo concertado al margen del derecho internacional, reforzando las percepciones de ilegitimidad. En este contexto, las narrativas legítimas basadas en amenazas a la seguridad y la confrontación tienden a verse socavadas frente a contranarrativas que enfatizan la agresión, los desequilibrios de poder y los impactos humanitarios. La pérdida de “historia” no es un factor auxiliar sino central, ya que limita la alianza (casi inexistente), debilita el apoyo interno y externo y proporciona al adversario una ventaja política y simbólica incluso si está debilitado a escala militar.