Gravísimos problemas de vivienda y una creciente desigualdad acosan cada día a muchos ciudadanos, y muchos de ellos se sienten impotentes ante amenazas reales que no tienen fin a la vista.
Hablo con un amigo español que vive en Chicago todas las semanas, y siempre discutimos con pasión (ya sea con alegría o desesperación) las noticias políticas en España y en todo Estados Unidos, especialmente desde el regreso de Trump a sus (nuestras) vidas y el tardío pero creciente ascenso de la extrema derecha en España. Me di cuenta de que algo había cambiado cuando, el día después del último ataque frustrado de Donald Trump, me admitió que nadie hablaba de ello. El día después del tiroteo cerca del presidente del país, el tema no surgió en ninguna conversación, ni se discutió en un café en el trabajo, ni en mensajes de WhatsApp en grupos familiares o de amigos. “Estamos cansados de esta administración, estamos desconectados”, me explicó. “No se puede prestar atención todos los días a todo lo que sale de Trump, incluso si es un ataque frustrado o una amenaza de destruir una civilización”.
En España todavía no estamos en esta situación, quizá porque la derecha populista surgida de la fusión ideológica y práctica de PP y Vox aún no ha dominado el país, aunque ya lo hace en muchos territorios. Esto es aún más evidente en Madrid, donde se han normalizado las prácticas trumpistas de Isabel Díaz Ayuso, como el uso de asociaciones público-privadas para beneficio privado, una filosofía especulativa que socava los servicios públicos, un ataque constante a la solidaridad fiscal y la retórica escandalosa del presidente y su equipo. Las últimas encuestas apuntan a que Ayuso podría reafirmar su mayoría absoluta, lo que no debería sorprender a nadie, ya sea que odien o amen su imagen y sus políticas. Rendición total, ya que muchos madrileños ya no pueden permitirse el lujo de Madrid.
Ayuso es un buen ejemplo. La memeificación de los oponentes políticos y el olvido de toda decencia y respeto personal e institucional por parte de segmentos de la sociedad al mando de líderes políticos han socavado el diálogo público sobre política y políticas. Gravísimos problemas de vivienda y una creciente desigualdad acosan cada día a muchos ciudadanos, y muchos de ellos se sienten impotentes ante amenazas reales que no tienen fin a la vista. Para los votantes de izquierda, todo esto está sucediendo en una situación en la que un gobierno central con Vox fijando la agenda ideológica, legislativa y administrativa parece inevitable y cada vez más cercano. Por ejemplo, el gobierno es incapaz de hacer cumplir leyes que son temporales e insuficientes para proteger a los inquilinos, mientras que nadie en la izquierda está considerando una agenda política más ambiciosa y efectiva que sería imposible de lograr mediante pura aritmética parlamentaria.
La continua disparidad en el espacio político de la izquierda del Partido Socialista de los Trabajadores y la falta de un debate estructurado sobre lo que realmente está destruyendo nuestras vidas conduce en última instancia a un electorado desmoralizado que entra en modo de supervivencia personal. Es decir, en modo suicida, porque sin un impulso colectivo nada se puede conseguir. Cuando la inquilina Irene Moreno compareció ante el Congreso sobre una moratoria de alquileres, gritó “¡Hazlo ahora, maldita sea!” Me refería al estado general de parálisis en el que vivimos, una barrera que nos impide aceptar finalmente lo inaceptable.
Inaceptable. Esta semana volví a ver la película “KKKlansman” de Spike Lee de 2018, cuando el trumpismo todavía parecía una rareza. Cuenta la divertida historia real de un oficial de policía negro que se infiltró con éxito en el Ku Klux Klan en la década de 1970. La retórica de los miembros del Klan es sospechosamente similar a la de Trump y Vox (País primero, Invasión y reemplazo, Discriminación contra los blancos) y demuestra cómo este grupo supremacista decidió abandonar la quema de cruces y las túnicas por trajes, convirtiendo el odio en una ideología política con chivos expiatorios. Todos hemos aceptado más o menos este cambio y, ante él, la izquierda ha entrado en modo de supervivencia. Ya sean ideas, organización, movilización, solidaridad o votos. Si aceptamos que los imitadores de Trump han ganado sin siquiera plantear la posibilidad de una alternativa verdaderamente victoriosa, ¿qué haremos cuando ganen?