El 17 de diciembre la oficina del juez ecuatoriano Carlos Serrano estaba vacía. Esta no fue una ausencia rutinaria. Serrano, uno de los 14 magistrados de la unidad anticorrupción y crimen organizado, no ha regresado al edificio judicial del norte de Quito, donde trabaja desde hace tres años. El juez de 34 años es el miembro más joven de un grupo formado en 2022 para luchar contra la mafia en medio de una creciente violencia criminal. Serrano abandonó Ecuador mientras el país se prepara para sus vacaciones de fin de año. Antes de partir, dejó una tercera carta al Comité Judicial, en la que advertía que su vida correría peligro si continuaba sin protección policial.
Esta no es una advertencia exagerada. En noviembre de 2025, pocas semanas antes de una audiencia crucial contra Jezdimir Srdan, un serbio acusado de lavado de dinero, un vehículo lleno de explosivos y cilindros de gas explotó frente al edificio judicial donde trabajaba Serrano. A pesar de las amenazas, el juez sólo puso a dos policías de guardia y no colocó vehículos blindados ni chalecos antibalas. La protección estatal a los jueces que enfrentan el crimen organizado es mínima: muchos jueces anticorrupción se desplazan en transporte público o taxis, como denunciaron en su carta al Consejo de la Judicatura.
La presión sobre Serrano no cesó. La misma semana del ataque, recibió una llamada del gobernador del consejo judicial de Pichincha, provincia de Quito, instándolo a emitir un fallo a favor de Sudán. Serrano grabó la conversación. El audio forma hoy parte de una investigación secreta de la Fiscalía, que debe esclarecer si hubo presiones indebidas y un posible conflicto de intereses: la esposa de Mario Godoy, presidente del Consejo de la Judicatura, integraba el equipo de defensa del imputado.
Las tensiones llegaron a un punto crítico el 21 de noviembre. Durante una audiencia virtual, Srdan, detenido en la prisión de Santa Elena, en la costa occidental del país, se pasó el dedo índice por el cuello frente a la cámara: una evidente amenaza de muerte. Serrano notificó de inmediato al Comité Judicial y solicitó mayor seguridad. Diez días después, en lugar de aumentar la protección, el Ministerio del Interior la canceló por completo.
La decisión se produce en medio de una escalada de violencia sin precedentes. Con 9.300 homicidios dolosos en Ecuador (50 por 100.000 habitantes) al 2025, la justicia se ha convertido en un blanco más del crimen organizado. Al menos 16 ataques al sistema judicial incluyeron coches bomba, amenazas directas y ataques armados. Varias personas murieron, entre ellas un juez y un secretario del fiscal. Serrano comprendió entonces que el Estado no lo protegería. Decidió irse.
Asedio de la justicia
La situación de Serrano no es única. Samantha Lozada, exdirectora del Consejo de Justicia Amazónica de la provincia de Orellana, también logró salir del país tras sobrevivir a un ataque que hirió a su padre. Recibió su primera amenaza menos de una semana después de asumir el cargo. Todo comenzó cuando descubrimos que el caso por tráfico de combustible ni siquiera llegó a la audiencia de delincuencia activa porque el departamento policial encargado de la investigación no llegó a tiempo y los detenidos fueron liberados al día siguiente.
Losada intentó coordinar una solución con las autoridades representantes de la administración de la región. A partir de entonces, cada conversación que mantuvieron parecía llegar inmediatamente a oídos de la banda criminal. Jonerosoperando en la zona. El mensaje era sencillo: había una fecha y hora para su muerte. Fue evacuada de urgencia a Quito, donde había cinco guardias armados, y aunque el protocolo lo tenía en cuenta, tuvo que viajar en taxi por falta de vehículos blindados. Losada denunció ante el poder judicial la corrupción de jueces en provincias amazónicas y presentó un informe al presidente del organismo, Mario Godoy. Según su testimonio, esa respuesta fue inválida.
Regresó a Orellana el 22 de octubre de 2025. Mientras viajaba con su padre, el asesino aprovechó la ausencia de su único tutor para interceptarla en un semáforo. Dos hombres en motocicletas se detuvieron junto al vehículo. La persona detrás apuntó directamente a su cabeza. El arma falló en el primer intento. Aguantó varias veces hasta que se escucharon disparos y su padre esquivó las balas desesperadamente. Lozada denunció inmediatamente el ataque pero no recibió protección adicional. Human Rights Watch y la Unión Europea finalmente intentaron que abandonara el país.
Ambos casos apuntan a la misma institución: el presidente del Consejo de la Judicatura, que preside Mario Godoy. Su administración generó denuncias de irregularidades y posibles conflictos de intereses, incluida presión para reprender al juez Carlos Serrano. El proceso del juicio político en su contra, impulsado por un movimiento revolucionario de ciudadanos, avanza en la Asamblea Nacional, a pesar de encontrar resistencia. La candidatura de Godoy contó con el apoyo del gobierno y fue sospechoso de injerencia política después de asumir el cargo.
La crisis se agravó el 13 de enero, cuando José Suing, presidente de la Audiencia Nacional y principal impulsor de Godoy, dimitió tras perder el apoyo de sus compañeros. Días antes de que comenzara el juicio político, el presidente Daniel Noboa, quien se encontraba de vacaciones, sugirió en la red social X que Godoy renunciara. Godoy no hizo esto. Cuando asistió a una reunión parlamentaria, evitó responder a las acusaciones, leyó un discurso y se fue sin dar explicaciones.
La crisis judicial de Ecuador es una de las más graves de su historia reciente. Los tentáculos del narcotráfico se han apoderado de instituciones clave y el poder de la mafia ha comenzado a silenciar a quienes buscan justicia. En este contexto, el juicio es más que un acto jurídico: se ha convertido en un peligro que pone en peligro la vida.