Unos 45 minutos antes del inicio del partido entró Joan García a calentar. En el terreno de juego fue el primero en aparecer junto a Ter Stegen y Szczesny. El foco de toda la afición que le había vitoreado en el pasado se centró en él, esta vez en forma de pitos. El ruido era ensordecedor y el estadio seguía medio vacío. He aquí un pequeño y breve adelanto de lo que viví durante los 90 minutos: cada toque, parada o despeje fue un aluvión de pitos.
El portero salente (provincia de Barcelona) era consciente de que debía superar el mal gusto en dos horas, pero confiaba en sus capacidades. Lo demostró evitando a toda costa cada disparo entre los tres palos, a pesar del ambiente asfixiante, los insultos y los carteles con ratas pintados en una de las porterías del campo.
Dos grandes redes le separan de la afición detrás de la portería. Joan no cedió ante el ruido del RCDE Stadium, su casa durante nueve años. Hasta el verano pasado, el Barcelona pagó su cláusula de rescisión de 25 millones: salvó un total de 6 tiros en el derbi.
Además de su enfermizo regreso y la clásica intensidad del derbi, el buen desempeño del portero también dependerá de su buen desempeño ante los ausentes Ferran, Rashford y Raphinha. Detuvo un posible primer gol en el minuto 19 cuando se encontraba cara a cara con Roberto, antes de empujar inmediatamente a Gerard Martín hacia el balón para evitar el disparo de Pere Milla. El defensor tuvo problemas en el suelo, pero la estrategia de Joan funcionó. Desde entonces, el vagón de cadenas de Salent ha ido haciendo una parada tras otra. Con su habitual cabeza fría, salvó milagrosamente un cabezazo de Mira en el minuto 39. En el minuto 63, en otro mano a mano con Roberto, Roberto superó a dos centrales del Barcelona y al propio Juan, y el portero estiró el brazo para volver a frenar a su antiguo equipo. No fue el último tapón del partido de Joan. Los aficionados en más de una parada permanecieron en silencio y sorprendidos.
El cambio de portería a mitad de camino presionó más a Joan y las ovaciones quedaron atrás. Ni siquiera se inmutó. Antes de que comenzara el partido, ya reinaba un ambiente tenso en el recinto. La atención afuera era la misma que en el césped: carteles que llamaban a Joan García “traidor”, animales de peluche y todo tipo de cosas que sugerían que era una “rata”, e incluso un cartel pegado a su cara que lo llamaba “Judas”. Los aficionados vestidos de blanquiazul saludaron el autobús de los jugadores con bengalas rojas y fuegos artificiales, gritando a gritos el autobús del Barça. Ya había entrado en el estadio y saludó con una gran ovación a su entrenador Manolo González cuando se acercó al micrófono de Movistar+. “Traté de quitarme presión en la rueda de prensa y dije que era sólo un partido de fútbol. A partir de ahí también entendí que era un sentimiento”, admitió el técnico.
Joan y Manolo no se miraron antes del encuentro. Le estrechó la mano a Jofrey. “Joan es mi amigo desde los 13 años. Es un poco raro, han pasado tantos años… Entiendo a la afición, somos clubes rivales. Eso es el fútbol y eso es parte del fútbol. Cada uno decide su propio camino y piensa que es lo mejor para él”, explicó Jofre en Movistar+. Poco después, recibió una camiseta conmemorativa por disputar 100 partidos con el Espanyol. Joan lo aplaudió sin dudarlo.
El partido iba a terminar tranquilo, pero a falta de cinco minutos marcaron Dani Olmo y Lewandowski, con botellas arrojadas a los rincones. El poder de la afición, que se había mostrado descontenta durante todo el partido, desapareció y comenzaron a abandonar el estadio. Entonces Joan guardó silencio.