La experiencia política extrema del mandato de Pedro Sánchez es una lección que ningún ciudadano español con poco afecto por la democracia puede ignorar. La mentira como método y el fronterismo como táctica describen cómo Sánchez ejerció el poder adquirido gracias a … Una serie de testamentos que se compraron a costa de la convivencia entre los hispanos y de la estabilidad de nuestra democracia. Los ciudadanos pueden ver las consecuencias de lo que sucede cuando el poder democrático cae en manos infieles a las reglas armoniosas establecidas en la Constitución. Sin integridad, sin autocontención, sin prudencia política, no hay constitución a la que resistir, y sólo la existencia de un poder judicial sólido puede mitigar el desastre. A los ciudadanos españoles no les falta un análisis de la responsabilidad por el pecaminoso y egoísta sistema bipartidista que azota a España, ni de las opciones de ruptura, revisión y venganza del antiguo socialismo constitucional. Vivimos un período de destrucción de los valores democráticos, que no queda impune en las encuestas como en Extremadura, pero que no parece remover la conciencia colectiva de la sociedad española, al menos no lo suficiente como para considerarlo necesario para la propia regeneración de España como sujeto político democrático, como verdadero poseedor de su soberanía. Un cambio de gobierno sería una condición necesaria, pero no suficiente, porque debería estar en juego el gran objetivo de la democracia: eliminar para siempre las raíces del retorno del fronterismo incivilizado propugnado por la izquierda, cuyas raíces se extienden más allá del surgimiento de Sánchez y hasta Rodríguez Zapatero. Entre el revanchismo de unos y la falta de energía de otros, hemos llegado a un punto en el que ya no basta con estar enojado con el gobierno, sino que también se requiere respeto cívico por uno mismo; Ya no basta con votar en contra de alguien, debe haber un compromiso con el bien común.
El proceso de cambio político está sujeto a rituales electorales, que son el único proceso legítimo para cambios en la titularidad del poder, pero cuando un país atraviesa crisis de todo tipo -morales, políticas, institucionales- como ocurrió en España, la sociedad, es decir, el conjunto de los ciudadanos, tiene su propia responsabilidad inalienable, una carga que recae sobre sus únicos hombros y no puede ser transferida a ningún partido. Independientemente de quién esté en el poder, España necesita una sociedad que no acepte más delincuentes en el poder, una sociedad que no permita más retórica de doble rasero, una sociedad que no acepte fines que justifiquen medios, una sociedad que no acepte más como una piedra de molino simplemente para evitar ser engañados por ideologías opuestas. Superar el término “sanchiismo” resulta cada vez más insuficiente para expresar todos los daños que ha sufrido el país en los últimos años, obligando a los ciudadanos a elevar sus exigencias al partido al que votan, no sea que acaben convirtiéndose en el perro de Paulov, respondiendo a las seducciones de sus dirigentes. Pero tal cambio en las actitudes de los votantes hacia los partidos políticos no sería posible si los ciudadanos no creyeran que lo ocurrido en España en los últimos años no es un desastre natural sino el resultado de decisiones políticas tomadas en colaboración con determinados partidos.
La democracia española se ha convertido en un campo de batalla donde ya no es una oposición de ideas sino de pasado y presente, de muertos y vivos, de ciudadanos y vivos, una polarización impulsada por las diatribas fanáticas que Sánchez encarna en sus muros, símbolo de su visión del poder. Obviamente, no hay democracia deliberativa sin confrontación procesal. Pero no hay democracia sin las reglas básicas de respeto dentro de las cuales se desarrolla esta confrontación. Los españoles hemos conocido de primera mano las consecuencias de jugar sin reglas, despojar a palabras concretas de toda fuerza vinculante, proteger la propia corrupción y condenar la corrupción ajena. Nuestros políticos deben ser honestos, juiciosos, firmes y moderados en el desempeño de sus funciones públicas, todo lo que se requiere de todos los ciudadanos como estándares de su compromiso cívico con la democracia. Es necesario implementar la conciencia política como un ciclo de exigencias mutuas entre ciudadanos y políticos, no más mentiras, no más engaños, de lo contrario lo que representa el sanchismo puede acabar convirtiéndose en un dolor cíclico en nuestro país.
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