El Teatro Zarzuela pone fin a una temporada llena de traspiés rescatando “El Gato Montés” de Manuel Penera, una ópera que conquistó el mundo y alimentó discusiones entre sus contemporáneos. Publicado en 1917, … Con toros, gitanos, bandoleros y claveles andaluces, la obra deslumbró y puso nerviosos a muchos, al estilo tradicional del pandero. Penella debe explicar en “Autocrítica” que sus intenciones iban más allá de la superficialidad, pero lejos de calmar los ánimos, “El Gato Montés” documenta síntomas pintorescos hasta tornarlos fatales. Para apoyar los clichés que aún siguen circulando, regresa al Teatro Zarzuela, espacio de referencia cuya misión incluye investigar, integrar y remodelar obras que entran en conflicto con sus propias improvisaciones.
No debe ser fácil de resolver y aún se están realizando pruebas. Pero aquí entra Christof Loy, un director de escena muy conocido en el mundo de la ópera y que se ha convertido en uno de los grandes valedores internacionales de la Zarzuela en los últimos años. Este asunto llamó la atención de todos porque era importante que una persona imparcial y sin conexión con el tema lo expusiera. Decidido a ello, Loy incluso conspiró con el director musical José Miguel Pérez-Serra y varios cantantes para crear su propia compañía (al modo de los grupos de acción histórica que idearon iniciativas como la construcción del Teatro de la Zarzuela). ¡Los Paladines, como su nombre lo indica, han ganado el Premio al Mejor Emprendedor de la Ópera! Obtuvo premios y aplausos en Alemania por actuaciones como Gran gala de zarzuela y la producción de Barbieri de El barberillo de Lavapiés, que se estrenó en el Theatre Basel a finales de 2025 y abrió el Festival de Teatro Lírico Español en Oviedo al año siguiente. Benamor de Pablo Luna en el Teatro de Viena. Madrid estrena ahora una nueva producción de El Gato Montés.
Loy fue un defensor de la pureza visual y la penetración psicológica, y parecía no haber inventado nada que Zarzuela no hubiera experimentado antes, produciendo a veces un esteticismo y otras no al grado de penetración que ahora vemos en las óperas de Penella. Así, nada más levantarse el telón, emerge la majestuosa fachada de un cortijo andaluz, inmediatamente poblado de personajes que sufren el destino y el desamor. La clave aportada por Loy es clara y se apoya en la iluminación lastimera de Albert Faurá y en el aspecto cándido del vestuario de Robby Duiveman, que inicialmente va del negro al gris, incluyendo la reluciente figura de Soleá vestida de rojo sangre.
Pero es fascinante observar cómo el cuerpo físico se diluye poco a poco en el plano mental al que todos estamos sometidos. Desde el punto de vista visual, Loy se mantiene fiel al guión y a su dirección al describir el tráfico del cortijo al hotel, de la plaza de toros a la montaña; Desde la realidad objetiva del espacio doméstico hasta el abismo sin fin del último cuadro vacío, el toque ligeramente verde y la atmósfera nebulosa recuerdan la guarida del gato montés, donde el ladrón murió con su amada Solea en brazos. Uno de los aspectos más destacados es la pintura del segundo acto de la plaza de toros, ya que aquí se superponen los acontecimientos: de un lado están los carteles de la iglesia y la enfermería en el interior de la plaza, mientras que del otro lado está la corrida de toros, que permanece oculta y de la que emergen ecos del famoso espectáculo taurino. La puesta en escena es impecable, la minuciosidad y detalle de los movimientos y gestos; la tensión que se acumula en el cuadro es contagiosa, existiendo en la fricción constante entre el drama del arresto del matador y la emoción de la espera, en la que los personajes son incapaces de resolver la intersección de fuerzas fatales e ineludibles.
En “El Gato Montés”, el primer acto, apoyado en la narración de una excelente y bien conducida partitura, se valora como un marco cada vez más sintético a medida que avanza la obra, obligando su puesta en escena a una pausa en el tercer acto, ralentizando el ritmo general: un punto gris de la obra, tal como se ve y se escucha en la Zarzuela. Porque las frases de la obra son también fruto de extraordinarias versiones musicales. José Miguel Pérez-Sierra solidifica una obra fuerte que suena fuerte porque incorpora una orquesta con voces civiles de tal manera que sólo a través de la doma crea una continuidad interesante y una narrativa convincente. El primer elenco de “El Gato Montés” también tuvo su papel. Estuvo a cargo de la soprano armenia Mané Galoyan, que interpretó a Soleá con fuerza, dulzura y redondez; la belleza de sus notas altas y su resistencia podrían compararse con los gestos de un personaje que mostró absoluta penetración incluso en la muerte. El entusiasta taurino Rafael es interpretado por el tenor mexicano Rodrigo Gallul, quien aborda su actuación con valentía y extraordinaria determinación. Su aria corta “Señó, que no falte el való” fue lo más destacado de su actuación, sin dejar de lado la falta de expansión del famoso dúo con Solea al inicio del segundo acto.
Uno de los personajes principales restantes, el demacrado y desesperado Gato del barítono madrileño David Oller, no está exento de arresto, pero su voz se vuelve más errática y algo vulgar a medida que avanza la actuación. El estilo gitano de Carol García es muy sofisticado, confiada en su garrotín y en los impecables Little Singers de ORCAM; Manel Esteve como el Padre Antón, la confiada María Rodríguez como Frasquita, Gerardo Bullón El hormigón jugado es redondo. En particular, hay que recordar la presencia precisa del coro principal del Teatro Zarzuela, dirigido por Antonio Fauró, creadores de atmósfera y color local, comentaristas y amplificadores de la acción, entrelazados con un personaje silencioso, una anciana vestida de negro que cruza el escenario en el momento culminante, sumándose al guiño de Lorca que finalmente determina el final de la representación.