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Definir la felicidad no es fácil. Es un concepto esquivo que involucra factores personales, sociales y culturales. Sin embargo, los datos muestran que además de cuestiones emocionales o subjetivas, también están marcadas por fundamentos materiales. Obtener ingresos adecuados, una vivienda estable o un empleo determina no sólo la calidad de vida sino también la felicidad. Rafael Ravina-Ripoll, uno de los autores del libro, concluye: “La felicidad depende de muchos factores, entre ellos sin duda los económicos”. Informe Socioeconómico de la Felicidad Españolapresentado este jueves en el Colegio de Economistas de Madrid.

Los rayos X confirmaron numéricamente los indicios intuitivos. El dinero no es el único factor a considerar, pero es importante. Las personas que viven en hogares con ingresos mensuales superiores a 5.000 euros tuvieron un índice de felicidad de 8,06 (en una escala de 0 a 10), mientras que aquellos con ingresos mensuales inferiores a 1.100 euros se mantuvieron en 6,9. La brecha se amplía aún más cuando se analiza la identificación con la clase social: el puntaje promedio para las clases alta y media alta fue de 8,28 puntos, mientras que el puntaje promedio para las clases bajas fue de 7,13 puntos.

El informe, elaborado por la Red Universitaria de la Felicidad, se basa en datos de una encuesta de 2024 realizada por el Centro de Estudios Sociológicos (CIS) e intenta ir más allá de la relación directa entre ingresos y felicidad. La intersección de variables sugiere que el nivel de ingresos no opera de forma aislada, sino que empeora o se suaviza cuando se combina con otros factores como la vivienda, la estabilidad laboral o el tipo de ciudad en la que vivir. A esto se suman cuestiones fiscales, sociales, educativas, de género y políticas.

Los grandes informes internacionales sobre la felicidad también incluyen indicadores económicos para explicar la felicidad. La situación es así. informe de felicidad mundialcompilado anualmente por las Naciones Unidas y la Universidad de Oxford, en el que los factores clave incluyen indicadores como el PIB per cápita. Asimismo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) utiliza en sus cálculos factores de referencia como la renta, el mercado laboral o la vivienda.

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En este sentido, el empleo juega un papel central. No sólo por el salario, sino también porque representa estabilidad e integración social. Las personas activas son más felices que las inactivas, con directores y gerentes a la cabeza con una puntuación de 8,07, superior a la puntuación de 7,39 de los empleados de base. En el extremo inferior se encuentran los parados y los inactivos, lo que refuerza la importancia del empleo como fuente de ingresos y eje central de identidad e integración social, afirmó Ravina Ripoll, directora de la red y profesora de la Universidad de Cádiz.

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La vivienda también tiene un impacto, aunque no siempre del modo previsto. El informe encontró una paradoja: las personas con hipotecas tienen la mayor felicidad, especialmente las familias de altos ingresos, con una puntuación media de 8,12. Incluso les está yendo mejor que a algunos propietarios de viviendas libres de deudas. Los expertos creen que la explicación puede estar en momentos críticos o en la percepción del esfuerzo. Dicho esto, quienes han pagado por una vivienda tienden a ser mayores y pueden tener otros factores que afectan su felicidad, mientras que para quienes todavía pagan por una vivienda, la vivienda sigue siendo un logro tangible que vale la pena celebrar. Las personas con menor satisfacción (sólo 4,59 puntos) son personas de bajos ingresos que viven de alquileres sociales.

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“La inestabilidad económica y la inseguridad habitacional afectan profundamente el bienestar de las personas”, explica el documento. Por ello, Lavina-Ripoll ha subrayado que tanto la administración pública como el sector privado deben adoptar políticas que reduzcan las desigualdades y garanticen unas condiciones mínimas de vida, “proporcionando salarios y viviendas dignas”. Tradicionalmente, el crecimiento del PIB y otras variables macroeconómicas han sido indicadores fundamentales que marcan el desarrollo, señaló. Sin embargo, continuó, el progreso de la sociedad no se puede medir únicamente en términos de dinero, sino que requiere una evaluación de la calidad de vida, la equidad y la satisfacción personal. Son conceptos a veces difusos y difíciles de calibrar, pero reflejan el bienestar de la sociedad.

En las grandes ciudades también juega un papel decisivo una combinación de factores económicos. Vivir en un entorno urbano con más de 1 millón de residentes de bajos ingresos reduce la felicidad hasta en 5,28 puntos porcentuales, lo que sugiere nuevamente que los problemas del costo de vida (más alto en las principales capitales) reducen el bienestar emocional.

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Además de esta dimensión material, existe otra dimensión menos obvia pero igualmente decisiva relacionada con la percepción de la economía y la relación con el sistema tributario. La felicidad también depende de cómo los ciudadanos evalúan el estado de la economía del país: aquellos que piensan que la economía del país va bien son más felices que aquellos que piensan que va mal, según muestra el informe. También se ha demostrado que las percepciones de injusticia fiscal pueden generar insatisfacción e incluso niveles más altos de insatisfacción.

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Amelia Pérez, presidenta y decana del Colegio de Economistas de Madrid, señaló que el estudio también identificó tendencias a lo largo del tiempo. “La comparación de los niveles de felicidad en 2020 y 2024 revela el impacto de los acontecimientos económicos, sociales y políticos en la vida de los ciudadanos”, explicó. “De la incertidumbre generada por la crisis económica al papel de la digitalización y la transformación de los mercados laborales”. Por lo tanto, invita a aquellos y a las empresas responsables de dar forma a las políticas públicas a adoptar un enfoque más holístico que considere el bienestar como un indicador clave del progreso.

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