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Cristino de Vera (Tenerife, 15 de diciembre de 1931) venía a comer manzanas con sus amigos por los alrededores de EL PAÍS de Miguel Juste, cuando el gran artista canario se alimentaba del cielo, de Dios o de lo que le decían los cuadros. El amor de su vida, Aurora Ciriza, lo salva de la vida cotidiana, lo que tiene un enorme beneficio para su existencia como ser humano y como pintor.

Gran pintor, amigo de pintores y amigo del mundo entero, alumno de Vázquez Díaz, que en su juventud calentaba su cuerpo, o se refrescaba, frente a los lienzos de El Greco en el Museo del Prado. Durante un período de gran desarrollo en su vida, a menudo se le podía ver evitando los semáforos en Madrid y dirigiéndose a los transeúntes con diatribas que incluían preguntas sobre Dios, la felicidad o el miedo.

Preguntaba a las personas en cualquier situación si eran felices, y si no, enseñaba a cualquiera con lo que sabía sobre Dios y la humanidad. Cantaba o ayudaba a cantar con la guitarra, que consideraba parte de su propia voz, por lo que improvisó unos versos que serán utilizados hoy en un recital en el que Cristino de Vera, fallecido a los 94 años, transformó las amistades y la alegría de la velada.

Esas noches en las que solo como manzanas, llamo a mis amigos de mi elección. La medianoche era su hora. El objetivo era evitar que personas que ya conocía se despertaran viendo la televisión. Su conversación de medianoche con Cristino es crucial e instructiva: él quiere que ambos se acerquen a la bondad y se mantengan alejados de cosas malas como la televisión que están acostumbrados a ver.

Cuando lo conocí en Madrid, Cristino de Vera estaba preparando una gran exposición en Tenerife con sus amigos Domingo Pérez Minique y Fernando Delgado, siempre presentando sus pinturas enigmáticas, completas y que evocaban la esencia de su alma. Pérez Minik, importante escritor y crítico de la época surrealista ínsula, Uno de sus buenos amigos, esto es para él. Domingo, Como a casi todo el mundo se le llama diminutivo. Detuvo el mundo y los años, y su propia pintura fue su forma de impedir que llegara la muerte. Hasta hace poco, era como si la dama interminable estuviera en la puerta cuando él la llamaba.

“Domingueto, ¿whisky?” le dijo a su viejo amigo, a quien conocí esa noche. Aurora era entonces su eterna compañera, y esa noche Pérez Minik y el aún joven Cristino compartieron whisky en un vaso de leche. En Tenerife, donde le gustaba especialmente visitar a sus padres y bañarse en verano, caminaba por las calles que llevaban al mar, como si estuviera de nuevo en el mundo de sus sueños. Un día le pregunté a Cristino cuál era su metáfora del tiempo, porque él siempre está buscando la esencia de la vida.

Me dijo: “Dicen que el tiempo es el aliado de Dios, su silencio, la noche profunda donde brillan las estrellas. Mira las estrellas y verás que el tiempo es infinito. Todo el silencio del cielo estrellado es un eco de la paz infinita del desierto, y muchos buscadores van allí para encontrar el eco, la voz, la explicación de cómo el tiempo juega un papel en todos los misterios de la tierra. El eco de la voz del Dios de la Misericordia que nos guía a buscar y suplicar ayuda. Siempre la armonía del silencio, siempre la belleza de las cosas que nos rodean y la purificación de nuestras almas”. En una entrevista a este periódico, a sus 90 años, me contó el pasado de su vida: “Bajo el franquismo sólo había dolor y no había tiempo”.

Tenerife fue siempre su lugar de regreso y allí lo dejó a la Fundación Cristino de Vera de La Laguna, responsable de la obra de Clara Cristina Armas de León, el mayor legado de su obra, abierto a otras pinturas que hacen su legado generoso y abierto, como él mismo siempre ofreció a su manera los cuadros que creó, tan misteriosos y tan relacionados con Dios y las estrellas.

Es heredero de Zurbarán y Luis Fernández, y Castilla, el país por el que caminó como Don Quijote, es una extraña continuación del sur de Tenerife, donde él y su padre (su buen amigo) descubrieron la esencia de la isla: la Montaña Roja, que comparte con su amigo el doctor José Toledo, como un cuadro.

Cristino nunca dijo nada insignificante, cercano a lo divino, en la montaña y frente al pueblo siempre hablaba con metáforas de bondad, a veces con la guitarra y otras con el amor de Dios a quien buscaba. Me dijo: “Tenemos que enfrentar nuestro lenguaje pobre y limitado con caligrafía sagrada, que convierte todo en el silencio del mayor desierto, es decir, en la soledad profunda… Aprendí sobre la belleza de Italia. Es el país que más belleza ha acumulado. Entonces vi Italia en acumulación. Me centré en el espíritu humano, en la religión que cuenta la historia de Dios, en el silencio que mantiene la energía del tiempo… Siempre mantengo algo de fe, a veces desaparece, pero siempre me mantengo en contacto con Dios”.

Uno de sus amigos más cercanos, Juan Manuel Bonet, lo describió como “un ermitaño pictórico”. Cristino dijo que su vida ha sido un largo viaje interior: “Siempre he estado en la búsqueda de esos misterios que devuelven la fe. La gente piensa que la religión es hacer que los niños tomen la Primera Comunión, no ahondan en esa luz que a veces te llega por la mañana, ese mensaje divino envuelto en luz blanca”.

Místico con una fe ilimitada en la pintura, no dejó de comer manzanas, de buscar a Dios en Castilla y su tierra y de beber whisky de leche.

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