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Hoy tengo 80 años y todavía no entiendo del todo lo que esto significa. La sensación de que el cumpleañero no era alguien a quien estaba espiando era aún más fuerte. Es la separación entre continente y contenido lo que nos convierte en nuestra audiencia. propia vida. Un asiento en primera fila para ver una obra de teatro que, para bien o para mal, fue escrita por un desconocido. Estamos esperando pacientemente con anticipación y angustia para ver qué cosas interesantes depara el futuro para el programa y cómo el elenco mantiene al equipo comprometido e interesado. Esta separación entre cuerpo y mente, observador y observado, en la que lenta e inexorablemente nos hundimos, que nos permite distanciarnos del envejecimiento de nuestros cuerpos cada vez más dañados, es un mecanismo maravilloso que, si no funciona correctamente, puede llevarnos a situaciones inaceptables. Mientras la conciencia, es decir, la capacidad de percibir la propia existencia, los pensamientos, las emociones y las sensaciones, permanezca intacta en el tiempo, lo que nos aporta puede volverse tolerable e incluso interesante, aunque más para unos que para otros, sin duda. Todo depende de nuestra capacidad de soltarnos y aceptar el papel de observador que nos ofrece la vida en este momento. Se acabó el tiempo de los protagonismo y no nos queda más remedio que aceptar papeles secundarios con humildad franciscana. Nuestro mayor deseo debería ser pasar desapercibidos. Que nuestra existencia se diluya y, lo más importante, que nos dejen a nuestra suerte, aparentemente estúpidos e incompetentes. Es decir, aunque cada día nos volvemos más inútiles, nuestro propósito es desaparecer y volvernos invisibles, para que cuando pongamos un pie en el punto de no retorno, el pequeño mundo que dejamos atrás no se desmorone y todo haya cambiado, pero siga igual. Dicen que nadie está completamente muerto si se les recuerda, aunque sea brevemente. Con el paso de los años, las malas o buenas acciones que dejemos atrás se convertirán en la única evidencia de nuestra existencia, por eso queremos ser recordados de una manera amable.

Manuel Soriano. Valencia

¡Otra gran noche!

Anoche, 7 de diciembre, peregriné desde Moncloa a Atocha (Catedral de Nuestra Señora del Socorro) para asistir a la Vigilia de la Inmaculada Concepción. Al ver tanta gente en las calles, “como ovejas sin pastor”, como en los Evangelios, recordó la famosa canción de Rafael: “¡Ésta puede ser mi gran noche!”. Es él quien, por obra y gracia del Espíritu Santo, hace desaparecer las tinieblas, iluminando a través de una estrella radiante: Inmaculada, totalmente santa, sin pecado. Gracias a ella, el pecado ya no tiene la última palabra, el mal ha sido vencido y la desesperación se ha convertido en esperanza. Todo es gracias a su “Sí” – como dice el lema de esta vigilia, que cantamos durante todo el servicio – que nos coloca al lado de su Hijo. Gracias por traernos la Navidad con esta alegre presencia.

José Antonio Benito. Madrid.

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