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Este fin de semana, la líder trans Danne Belmont, directora de la Fundación GAAT (Grupo de Acción y Apoyo Transgénero), y su pareja fueron víctimas de violencia por parte de conductores en la plataforma de transporte Uber, según informes de diversas entidades de la industria. El ataque a una de las activistas transgénero más reconocidas de la capital por parte de un conductor y un tercero no identificado ha puesto de relieve una vez más la desprotección de larga data de la comunidad LGBTIQ+ en Colombia. Especialmente aquellos con experiencia vivida de ser trans. Según Caribbean Equal Rights Watch, hubo ocho asesinatos de personas transgénero en el primer mes de este año.

Entidades como el Departamento de Igualdad y el Defensor del Pueblo niegan lo ocurrido y exigen una investigación justa y rápida. “Este hecho refleja una vez más la violencia estructural y las múltiples formas de discriminación y exclusión que enfrentan las personas con identidades de género no hegemónicas en Colombia”, se estremece el organismo encargado de la defensa de los derechos humanos. Aun así, Wilson Castañeda, director de Afirmación Caribeña, señaló que ninguna acción del gobierno puede abordar eficazmente el problema de la violencia, y mucho menos prevenirla.

Aunque no hay mayores detalles sobre el ataque, Castañeda dijo que además Belmonte -una voz muy importante contra la llamada terapia de conversión- ha tenido que soportar el abandono en la atención médica que es común entre esta población. “El retraso y la no iniciación de las rutas asistenciales en el sistema hospitalario pone en mayor riesgo su vida. Aún se espera una ruta clara en materia de salud”, explicó a El País.

Otros activistas trans han hecho el mismo llamado a favor de protecciones efectivas, como la excandidata parlamentaria de Bogotá Valeria Bonilla, quien persistió en exponer una serie de asesinatos y amenazas contra mujeres trans en el céntrico barrio de Santa Fe. A las denuncias también se sumó la congresista María Fernanda Carrascal, quien agregó que muchas de estas estafas son lideradas por peligrosas bandas criminales que ejercen control territorial en esta parte de la capital.

Castañeda destacó otro tema: el estigma. Para él, se trata de otra deuda que es urgente saldar, ya que insiste en que no se ha trabajado en pedagogía cívica para contrarrestar el discurso de odio y los prejuicios arraigados en la sociedad e inspiradores de la violencia contra las personas trans. El ejemplo más reciente es el incidente de Dane, pero el país todavía no puede olvidar el sangriento asesinato de Sarah Milleri hace un año. “Encontramos que el estigma está muy concentrado para las mujeres trans que utilizan espacios públicos para el trabajo sexual en lugares donde ocurre el delito, como el barrio Santa Fe en Bogotá, o en el centro de ciudades como Medellín y Cali. No encontramos ninguna acción del gobierno local para prevenir este nivel de discriminación”, reflexiona Castañeda.

El movimiento LGBTIQ+ lleva años haciendo campaña por la aprobación de una ley trans integral. En 2025, el proyecto de ley fue aprobado durante el primer debate horas antes del final del período legislativo. Para convertirse en ley, ahora debe aprobar tres mandatos adicionales en un Congreso centrado en las elecciones cuando sólo quedan cinco meses de su mandato. Por ahora, sigue siendo uno de los pocos rayos de esperanza para el fin de la violencia contra ellos.

Mientras promocionaba un documental estrenado el pasado agosto en el que Dani y otros supervivientes que luchaban por cambiar su identidad de género u orientación sexual contaban sus historias, la activista parecía predecir su futuro, diciendo: “El discurso de odio y la desinformación nos ponen en riesgo”. Pero Dane vuelve a ser un superviviente.

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