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Después de cerrar el barco, racionaremos el incienso para que puedan lavarlo sobre sus cabezas. Lo digo en honor de algunos de los augustos gremios que fundaron la Hermandad de Santa Marta, cuyos lamentos, muchas veces justificados, han entrado ahora en la fase de “saetero paso de quejío”. Lo dice un amante de los bares, un practicante comprometido y un dogmático que, si se trata de lanzar tanques a las calles y rechazar los preceptos de las leyes Madrugada… que me lo niegue la hemeroteca. Pero una cosa es una defensa justa de la industria y otra es hablar con piedras de molino como la protesta respaldada por los empleadores contra los esqueletos de cajas que albergaban velas en el Plaza Bar de San Francisco.

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