28 de marzo de 2026 21:18
No importa qué posición defendamos respecto del suicidio asistido de Noelia Castillo. Las discusiones, dudas o inseguridades que cada uno de nosotros sentimos ante este drama son propias de nuestra humanidad. El problema de fondo tiene que ver con la carrom. … Los grupos electorales apoyan a una administración a la que no le importa nada la eficacia de su gobernanza, pero hay un problema que no puede resolverse ni siquiera con un cambio de gobierno. La joven Noelia no forma parte de nuestra conversación desde el jueves debido a leyes involucionistas que alientan la muerte por encima de la vida. El espectáculo está en nuestra agenda porque los medios convirtieron la anécdota en categoría. No nos engañemos, esta joven, se la mire como se mire, es una víctima. Los periodistas que decidieron buscar audiencia sirviendo la muerte en vida como plato principal, y aquellos que nos unimos al grupo después del hecho, somos gravemente responsables en este asunto.
Hace años, las muertes por suicidio se excluían deliberadamente del contenido de las noticias. Esta autocensura no tiene nada que ver con normativas ni órganos de control institucional, sino con ética y deontología profesional. Ningún gobierno o institución puede controlar lo que publican los medios porque eso significaría renunciar a nuestra democracia. Esta verdad incuestionable es garantía de la libertad de expresión y del derecho a la información, y cualquier periodista debería defenderla con su vida, pero no es exclusiva de las marcas. Un periodista no debería estar sujeto a censura, pero cada vez que publica un artículo debería pensar si lo hace para defender el sagrado derecho a la información o para aumentar los ratings. La autocensura del suicidio no se basa en cuestiones morales, sino en cuestiones prácticas derivadas del efecto contagio. El protocolo no escrito en las redacciones esta semana no se ha traducido en información sobre el suicidio sino en cobertura en vivo del mismo. La libertad de expresión justifica la información y al mismo tiempo obliga a los profesionales a cumplir con nuestras responsabilidades sociales. El tema no es hablar de la muerte de Noelia Castillo por cuestiones legales, morales o religiosas, sino por la integridad de quienes están al otro lado de la televisión, con un periódico en la mano o escuchando la radio, mientras soportan una depresión.
Noelia Castillo murió el jueves y quizás muchos la hayamos olvidado el lunes. Mientras escuchamos la radio de camino al trabajo, Trump y Sánchez seguramente nos adornarán con algunos de sus inventos. El problema no son aquellos de nosotros que pasamos una semana debatiendo las crueles implicaciones de la eutanasia, el problema son aquellos que desde entonces se parecen a Noelia, divididos entre la vida y la muerte en este mismo momento. La muerte por celuloide causa malestar a la gran mayoría de nosotros, pero nunca la consideraríamos una opción. Lo mismo ocurre cuando insistimos en dar detalles sobre la muerte de una mujer a manos de su marido, o cuando contamos la historia de un menor que se suicidó a causa del acoso escolar. La mirada tanto de las víctimas como de los verdugos se centra en imágenes que para nosotros son simplemente “libertad de expresión” o “el derecho a saber”. El suicidio, la violencia de género o el bullying no pueden verse únicamente como conductas excluyentes sino como claves para definir quiénes somos y qué queremos ser. Si los periodistas somos autocríticos en política, es justo que hagamos lo mismo en nuestro trabajo.