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28 de febrero de 2026 16:00

Incluso Estrabón los elogió. El historiador clásico, nacido en el siglo I, admitía en su texto que la ferocidad de los guerreros íberos hacía temblar a las legiones romanas. Aunque también afirmó en blanco y negro que el mayor error de estas tribus fue dividirse en mil y una facciones: “Si hubieran podido unir sus armas, ni los cartagineses, ni los habitantes de Tiro, ni los celtas, ni los romanos habrían gobernado gran parte de sus tierras”. Tenía razón, pues, como él mismo señaló, España estaba dividida en “cuatro o cinco” regiones, cada una gobernada por un pueblo diferente.

Sorprende que estos soldados se convirtieran en una auténtica pesadilla para las legiones romanas, pero así fue. Después de su primera batalla contra las fuerzas de la República, se ganaron la reputación de ser guerreros temibles. Las fuentes clásicas registran que los íberos, así como otras tribus que se asentaron en la zona, se caracterizaban por ser “anarquistas, amantes de la libertad y de las armas, activos y muy guerreros”. Autores como Apio (nacidos entre los siglos I y II) los definían como guerreros que harían peor deponer las armas que morir, y cuando se veían asediados por romanos y púnicos preferían suicidarse antes que ser capturados.

horrible

Es un desafío saber dónde comienza la realidad y terminan las exageraciones de los autores clásicos al describir los horrores que impusieron en el campo de batalla. No se puede negar, sin embargo, que los íberos no dejaron indiferentes a sus enemigos. Esto fue corroborado por el historiador del siglo I Tito Livio, quien señaló que sus gritos de guerra encogieron los corazones de los legionarios y otros aliados de Roma que los enfrentaron. Por cierto, mucha gente también es de la misma península. “Los suesetanos ofrecieron poca resistencia a sus gritos de guerra, y mucho menos a sus ataques”, escribió el autor clásico.

Su imagen, en palabras de Apiano, es torpe y feroz, más acorde con la imagen de los bárbaros que están dispuestos a sacrificar sus vidas en la batalla: “Atacan a la manera de los salvajes con gritos y agitan sus largos cabellos hacia el enemigo en la batalla”. Estrabón cree que para un hombre al que llama feroz esto era normal para la nación: “Los habitantes de las aldeas eran bárbaros, como lo eran la mayoría de los íberos; las ciudades mismas no podían ejercer su influencia civilizadora cuando la mayoría de la población vivía en los bosques y amenazaba la paz de sus vecinos”. Los legionarios parecían menos acostumbrados a semejante escena.

Uno de los estudiosos inmerso de lleno en este tema es el historiador Benjamín Collado Hinarejos, autor de ensayos como “Los íberos y su mundo” (Akal). Comparte también la imagen que nuestros vecinos italianos tienen de los habitantes de la península. “En las fuentes romanas se tiene en gran estima a todos los guerreros españoles, no sólo a los íberos, y se elogia su valentía y resistencia. Destacan que su aprecio por las armas era tan alto que pensaban que la vida sin armas no era lo mismo y preferían la guerra al descanso”, explica a ABC.

Inarejos, maestro de los íberos y de sus formas de hacer la guerra, afirma que aún hoy persisten muchos recelos sobre este pueblo. Aún así, cree que hay cosas que podemos resolver. La primera es que conceden gran importancia al combate de caballería. En segundo lugar, sus habilidades de lucha eran reconocidas en el mundo antiguo ya que eran mercenarios de los cartagineses o de la propia República. “No sólo eran respetados en presencia de enemigos poderosos. Cuando eran reclutados en el ejército, a menudo eran colocados en puestos clave en las filas debido a la confianza depositada en ellos. Tanto los cartagineses como los romanos hacían esto”, insistió.

Equipo y estrategia

El mayor misterio es cómo comenzaron la guerra. Lo primero que hay que destacar de este pueblo que habitaba la zona oriental de la península es que no contaba con un ejército permanente. El cuadro de sus tropas estaba formado por hombres que eran “simples agricultores, ganaderos o artesanos en su vida diaria” pero que eran reclutados en el ejército por los nobles locales cuando las circunstancias lo exigían. Esas élites locales son las que verdaderamente se dedican a luchar.

Inarejos cree que es imposible describir el equipamiento típico de los guerreros íberos debido a la presencia de ejércitos no residentes. Dijo que cada soldado se armaría y se uniría a la guerra según su capacidad financiera. Y, según Estrabón, de forma más relajada. Así se afirma concretamente al referirse a los defensores de la Numancia celta ibérica: “Luchaban en la guerra como guerreros ligeramente armados, para luchar a la manera de los bandoleros iban ligeramente armados y sólo portaban, como decimos de los lusitanos, jabalinas, hondas y espadas. La infantería también contaba con unidades de caballería mixta”.

La lista de armas utilizadas en la península en aquella época era larga. La más común es la lanza. Esto no es sorprendente, ya que es sencillo y económico de fabricar y no requiere experiencia en combate para operarlo. Para ello se debe añadir una guarda (redonda u ovalada) como elemento protector. «A partir de ahí, dependiendo del estatus económico de cada persona, se podrían añadir otras armas de asta, como jabalinas, falárica (muy parecida a la pilum romana) ysolifareham(una jabalina hecha enteramente de hierro) y espadas”, agregó el experto. Estas últimas no son tan comunes como pensamos debido a su alto costo.

El arma ibérica más mítica era la guadaña, una espada de filo curvo. El mito nos cuenta que se encontraban por toda la península. Sin embargo, la realidad es más cruel. “Cabe señalar que, aunque la hoz es un símbolo de la cultura íbera, no se utilizaba en todo el territorio y no todos los guerreros podían permitírselo; por ejemplo, en el noreste peninsular preferían las espadas rectas del tipo La Têne”, explica el autor a este diario.

Lo mismo ocurre con la protección: el dinero determina qué protección se utiliza. “Además de los escudos más sencillos, también encontramos corazas y cascos de cuero o tejido rígido, así como corazas y cascos de metal, estos últimos al alcance de unos pocos privilegiados”, señala. El autor recuerda que una situación similar ocurrió con las sillas de montar: “Durante la mayor parte de la época ibérica, sólo la nobleza podía permitirse el lujo de tener caballos, aunque su uso se generalizó a partir del siglo III a.C.”.

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