Antonio Rivero Taravillo dedicó los últimos años de su vida a una obra que completó estando gravemente enfermo pero que, a los pocos días, no vio publicada. Esta es la biografía: Álvaro Canqueiro, sueños y leyendas. Dice mucho de la elegancia intelectual del biógrafo que se diera cuenta de que éste sería su último esfuerzo, y aún así se negara a dejar en el libro la más mínima pista de que, como dijo Cervantes en un trance similar, tenía un pie en el estribo. La pérdida de Rivero Taravero es una desgracia múltiple: era un hombre íntegro y bondadoso, un amante de los libros más raros y de su entorno, un traductor, un escritor que aún pudo escribir durante muchos años. Sin embargo, en medio de la desgracia, nos consuela saber que pudo completar con Cernuda y Ciro un ciclo vital que constituye una de las labores de amor de la literatura española actual. Comprobar si la propia biografía de Canqueiro hace justicia a su inclusión “en el conjunto de la literatura española y mundial”. Para ello, Rivero tomó la pluma al darse cuenta de que no había nada más grande que ser reconocido como un gran escritor por sus pares. Si cada biografía tuviera algún homenaje, sería reconocido en el testamento. Álvaro Canqueiro, sueños y leyendas Proporciona al escritor gallego un paquete que lo lleva desde los márgenes –heréticos, exóticos, prestigiosos, pero marginales– al centro de nuestra historia literaria.
Afortunadamente, Rivero Taravillo fue demasiado cuidadoso con los hechos como para escribir el siguiente artículo. leyenda dorada de Cunqueiro: En estas páginas ha quedado claro que la obra de Mondoñedo puede ser digna de adoración literaria, pero no de hagiografía. En cualquier caso, es importante destacar que el mero deseo de escribir sobre la propia vida no es realista, y Canqueiro se esfuerza por fusionar la vida con la alegoría. También el suyo: en plena Guerra Civil, por ejemplo, inventaría que fue herido en los frentes de Mayadahonda, Oviedo o Aragón, cuando ni siquiera estaba combatiendo. La relación de Canqueiro con la verdad y la realidad misma es al menos aérea, mientras que el amor de Rivero-Tarravello por la precisión e incluso la verbosidad no siempre determina qué es verdad y qué no tiene sentido. Nadie podría hacerlo como él: nuestro gran experto en la materia celta poscankeriano.
Canquillo tuvo que ganarse la vida a base de artículos y colaboraciones. A menudo se lamentaba de que esta cucaracha le impidiera dedicarse con más entusiasmo a los libros, aunque se podría argumentar que Canqueiro obtuvo mejores resultados a corto plazo que a largo plazo.
Desde muy joven, Cunqueiro tuvo que ganarse la vida a través de artículos y colaboraciones. A menudo se lamentaba de que esta cucaracha le impidiera dedicarse con más entusiasmo a los libros, aunque se podría argumentar que Canqueiro obtuvo mejores resultados a corto plazo que a largo plazo. Quizás el mayor problema es que la mera necesidad de salir adelante lo llevó a hacer cosas que tal vez nunca quisiera o de las que nunca podría defenderse. En la década de 1930 pasó del gallego radical y de escribir contra las “tribus bereberes de Castilla” a firmar sonetos alabando a José Antonio. Fue ascendido de la FUE a director provincial del SEU. Además, pertenecer al “grupo de escritores y personajes del régimen” no le liberó del “ridículo caos económico” que Carlo Barroja vio en su vida. Bajo la dirección de su “diablo guardián”, a mediados de los años 1940, tras numerosas devoluciones de cargos y engaños, amenazas de fuerza y fraude, sus credenciales de prensa fueron revocadas e incluso encarcelado. Su esposa lo abandona, un abandono que le provoca al escritor tanta culpa como drama. A finales de la década regresa a Mondoñedo para evitar salir o viajar solo.
Incluso las travesuras de Canqueiro siempre tienen un dejo de inocencia: todo está perdonado, quizás a riesgo de no tener la debida consideración en la literatura. En mayo de 1968, estaba en París y, mientras todo el mundo escribía sobre adoquines y estudiantes, vio “decenas de mirlos” “aclarándose la garganta” bajo la lluvia. Así, escribe Rivero Talavero, su elogio a los josantonianos no fue más significativo que “el elogio que Tallinzin rindió en Gales posterior a Urien de Regid”. Nuestro biógrafo explica que la incompatibilidad de Canqueiro con la política – que lo hizo objeto de algunas críticas por su escapismo durante el período de compromiso – se basó en valores reaccionarios, pero su carácter evolucionó hacia uno liberal. Rivero Taravillo escribe que las sensibilidades gallegas están relacionadas, diríamos, con la medievalización, con el catalanismo de J.V. Foix. La biografía de Canqueiro no comenta una de las leyendas que acecha a los gallegos: la del “tonto del Caudillo”, aquel que amenizaba sus sobremesas en El Pardo con chismes y leyendas. Es difícil creer que después de comer el rancho que Pierre le cocinó, Franco se dedicó a beber con un escritor maravilloso.
La retirada voluntaria de Canqueiro de Mondoñedo “de sacerdotes y latinos” tendría el mayor impacto en su producción literaria y en su influencia y popularidad. Desde los años sesenta, con el apoyo de conspiradores como Perruccio, el viento de cola del realismo mágico y alguna hostilidad digna como la de Celso Emilio Ferrero, Canqueiro se convirtió en un autor muy solicitado y leído. Ésta es la parte más aburrida de su vida: ir a El Aaiún a los Juegos Florales, trabajar como “guardián de la promoción del mejillón” en Vilagarcía de Arousa, etcétera.
Quien piense que hoy proliferan los festivales y congresos literarios debe mirar la agenda de las autoridades culturales que llevaron a Canqueiro de Buenos Aires a Londres y de Dinamarca a Gran Canaria (minuciosamente transcrita por Rivero Talavero). El fuego artificial final fue Nadal, poniendo fin a una vida que pudo haber terminado bien o mal. Como muestra esta biografía, este pináculo de la literatura ha encontrado su lugar entre las grandes obras de la literatura.

Antonio Rivero Talavello
Renacimiento, 2025
592 páginas. 28,41€