Estaba esperando un tren en Córdoba cuando ocurrió el accidente. Nada especial: cualquier tarde, en cualquier estación, muchos de nosotros repetimos este movimiento automático decenas de veces al año.
El tren sirve como rutina, como refugio, como promesa de llegada segura y puntual.
Mientras tanto, a unos kilómetros de distancia, esa promesa se rompió de la peor manera posible. Lo que sigue es algo más profundo. Asegúrate de que lo impensable no suceda aquí.
Estamos ante una grave tragedia humana que ha dejado decenas de muertos y centenares de heridos. Pero también se encuentra en un punto de inflexión histórico.
Se trata del primer accidente mortal en la línea de alta velocidad española desde su inauguración en 1992. Treinta y cuatro años después, el sistema que teníamos como modelo ha fracasado catastróficamente.
La conmoción y el dolor son inconmensurables. El miedo es inevitable, especialmente para aquellos de nosotros que viajamos en tren con frecuencia.
Al fondo, el ministro de Transportes, Óscar Puente, y el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska; al fondo, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; Al frente está el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno.
Effie
Durante años nos hemos quejado de retrasos, accidentes, falta de información, trenes abarrotados y más. Pero nunca esperábamos el horror. Nunca esperamos que el azar (una cruel combinación de destino y fortuna) decida quién llega y quién no en cuestión de minutos.
Hay una línea muy fina entre esperar en el andén y sentarse en uno de los vagones. ¿Qué tan pequeña es la brecha entre la rutina y la tragedia absoluta?.
Una vez más la respuesta inmediata fue ejemplar. Vecinos, sanitarios, bomberos, Guardia Nacional, profesionales ferroviarios. La gente usa la acción para superar el miedo y hacer lo que hay que hacer cuando todo se desmorona. A ellos expreso mi más profundo agradecimiento.
Pero la épica operación de rescate no puede ser el telón de lo que sucederá a continuación.
El secretario de Transporte calificó el accidente de “inexplicable” o “extraño”, pero no fue tranquilizador. Al contrario, es preocupante. La especialidad no es excusa. tamaño mediano
Sin mencionar que hablamos de un sistema donde el tráfico crece exponencialmente, Más trenes, más operadores y más presión que nunca.
La gobernanza no se trata de sorprender, sino de anticipar. Anticiparse significa invertir, reforzar el personal técnico, actualizar los sistemas, prestar atención a las advertencias de los profesionales sobre la sobrecarga y resistir la tentación de lanzar más de lo que se ha manejado. Nuestros sucesivos gobiernos deben explicar sus acciones a este respecto. Qué proyectos se recortan, qué mantenimientos se aplazan, qué advertencias se restan importancia.

España tiene, con razón, la segunda red de alta velocidad más grande del mundo, después de China. Durante más de tres décadas, esta inversión ha sido un símbolo de progreso y conectividad.
Pero la infraestructura no existe por inauguración, sino por mantenimiento.
¿Se está invirtiendo suficiente en redes cada vez más estresadas? ¿Se han mejorado los sistemas de control para mantenerse al día con el crecimiento del tráfico?
¿O hemos llevado nuestra infraestructura al límite, creyendo que “no está pasando nada”?
Adif es una sociedad cotizada adscrita al Ministerio de Transportes y se encarga de la gestión de las infraestructuras ferroviarias, la gestión de la circulación, la asignación de capacidad a los operadores y el cobro de cánones por el uso de la red.

Uno de los trenes siniestrados en Adamuz, Córdoba.
Así define sus actividades y las confía a los ciudadanos que las financian.
¿Cuál es la frecuencia práctica de inspección de las secciones más cargadas? ¿Qué protocolos se activan cuando el uso supera las previsiones iniciales? ¿Cuántas alertas internas se han producido en los últimos años y cómo se gestionan?
La transparencia aquí no es un gesto. Esta es una obligación.
Tampoco se puede ignorar la responsabilidad del modelo de liberalización ferroviaria. Se considera sinónimo de modernización y eficiencia y requiere una regulación más estricta. Más operadores no significa más riesgo.
La coordinación entre empresas, administradores de infraestructuras y agencias de seguridad debe ser continua, verificable y rigurosa. Si algo sale mal allí, no basta con señalar un enlace específico. Hay que revisar toda la cadena.
Nada de esto quita el respeto a las víctimas y sus familias. de lo contrario. Pedir responsabilidad es señal de respeto. Lo contrario (pasar página rápidamente, restar importancia a las acusaciones de complejidad técnica, esperar que el impacto desaparezca) sería la segunda forma de abandono.
Hoy en día, la prioridad sigue siendo la atención a los heridos, el apoyo a los deudos, los mensajes claros y la perfecta coordinación. Pero mañana (mañana a partir de ahora) seguramente llegará toda la verdad, si es necesario inquietante, con las correspondientes consecuencias políticas y administrativas.
España no puede permitirse ver la desgracia como un accidente aislado. No se puede normalizar lo impensable.
No puede permitirse el lujo de perder algo tan frágil e importante como la confianza pública y decenas de vidas. Los trenes eran y deben volver a ser espacios seguros. Si lo damos por sentado, este golpe nos obliga a despertar. En lugar de buscar consuelo en lo desconocido, mire directamente a lo que está roto.
y arreglarlo.