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A veces, el debate económico regresa a un punto que parece indiscutible: unos impuestos corporativos más bajos serán la clave para restaurar el crecimiento. La propuesta del gobierno de reducir el impuesto de sociedades del 27% al 23% se basa en esta intuición: si se reduce la carga fiscal de las empresas, éstas aumentarán la inversión y aumentarán el crecimiento, y el país crecerá.

El problema es que la economía real rara vez sigue la intuición. En economía (como en la vida), las ideas que parecen más obvias suelen ser las más peligrosas.

De hecho, desde una perspectiva teórica, gravar las ganancias corporativas crea distorsiones. La OCDE ha argumentado que estos impuestos tienden a ser los peores para el crecimiento económico en comparación con otros impuestos, lo que durante años ha alimentado una narrativa de que reducir los impuestos es casi una política “pro-crecimiento”.

Pero aquí surge la primera trampa conceptual: el hecho de que un impuesto sea teóricamente distorsionante no significa que una reducción de ese impuesto tendría en realidad un gran impacto sobre el crecimiento si otros impuestos no se ajustaran al mismo tiempo.

En total, Chile ocupa el puesto 28 entre 38 países de la OCDE en términos de competitividad de su sistema tributario, lo que sugiere que se debe hacer algo. La pregunta es, ¿qué exactamente?

Cuando pasas de la pizarra a los datos, la intuición comienza a desaparecer. Gechert y Heimberger realizaron el metanálisis más extenso sobre este tema, revisando más de 400 estimaciones empíricas de 42 estudios, y llegaron a algunas conclusiones preocupantes: una vez que se corrige el sesgo de publicación, la posibilidad de que no se pueda descartar el impacto promedio de la reducción de los impuestos corporativos sobre el crecimiento económico sea cercana a cero. No de forma negativa, pero tampoco el motor de desarrollo que prometía el relato político.

Peor aún para los defensores de soluciones simples, las conclusiones del estudio de David Hope y Julian Limberg, basado en cinco años de datos de países de la OCDE, son muy claras: el crecimiento económico no responde sistemáticamente a este tipo de reformas. La intuición nos dice una cosa; datos, otro.

¿Significa esto que los impuestos no importan? No, son importantes. La investigación del CEP confirma que los aumentos en las tasas de interés empresariales tienen un impacto negativo significativo en la inversión privada a lo largo del tiempo. La evidencia de Chile también muestra que reducir las tasas impositivas en 3 puntos porcentuales (según un estudio de Rodrigo Cerda y Felipe Larraín) puede aumentar el PIB en el largo plazo. El problema no es reconocer el impacto sino sobreestimarlo hasta que se convierta en una solución holística.

Porque las inversiones no son animales que sólo respondan a los tipos impositivos. Kahneman y Tversky, dos psicólogos que hicieron que las finanzas fueran más relevantes emocionalmente, demostraron que la aversión a las pérdidas y la incertidumbre pueden llevar a posponer las decisiones incluso cuando mejora la rentabilidad esperada.

Por lo tanto, los cambios regulatorios, la incertidumbre política, la perturbación fiscal o las políticas laborales agresivas pueden tener un mayor impacto en la decisión de una empresa de invertir. La teoría del crecimiento –desde Solow hasta Mankiw, Romer y Weill– insiste en que estos factores son más importantes que cualquier ajuste fiscal por sí solo.

Además, al reducir el debate al nivel de las tasas de interés también se pasa por alto una dimensión clave: el papel del ingreso en el desarrollo. El FMI ha demostrado que existe un piso mínimo de capacidad fiscal para financiar bienes públicos, fortalecer las instituciones y sostener el crecimiento a largo plazo. Superar este umbral no inhibe el desarrollo económico; puede acelerar el proceso si va acompañado de mejoras en la gobernanza y la eficiencia del gasto.

Por ejemplo, el mayor recorte de impuestos en Estados Unidos en las últimas décadas se produjo en 2017, cuando Trump redujo la tasa del impuesto corporativo del 35% al ​​21%. ¿El resultado? Por supuesto, esto tuvo un impacto en la inversión, pero no fue compensado adecuadamente para justificar el impacto financiero a largo plazo. Y en la economía más poderosa del mundo, con profundos mercados de capital y reservas de dólares.

Por tanto, no existe una fórmula fiscal sencilla para el crecimiento. Las economías que tienen éxito no lo hacen porque “hacen lo correcto” en cuanto a una tasa impositiva corporativa particular, sino porque construyen un sistema tributario coherente, estable y creíble que puede financiar la inversión pública, la educación y la infraestructura.

Los recortes de impuestos parecen una solución que favorece el crecimiento. Pero la economía no premia el sensacionalismo, sino más bien combinaciones complejas de políticas bien ejecutadas.

Quizás lo que Chile necesita discutir no es si el impuesto corporativo debe ser del 27% o del 23%, sino qué país, qué sistema de producción y qué instituciones queremos financiar.

Todo lo demás es intuición.

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