7 de abril de 2026 12:41 p.m.
He dedicado más de dos tercios de mi vida a los puentes, pero creo firmemente que nunca los dominaré por completo. Los puentes no eliminan la distancia. Hace algo más difícil: lo hace transitable. Esta precisión es crítica. El puente no niega el problema que resuelve; asume todo su significado. Comienza con una discontinuidad real –un vacío, una ruptura, la imposibilidad de una continuidad física– y construye no la ilusión de unidad sino una estructura capaz de sostener el ritmo. La inscripción a la entrada del pequeño templo del puente de Alcántara lo resume: “Ars ubi materia vincitur ipsa sua”, un arte en el que la materia no se niega ni se minimiza, sino que se conquista a sí misma por sus propias leyes. Los puentes organizan las condiciones que permiten salvar las discontinuidades. Por eso constituye una de las expresiones más rigurosas de la razón práctica. No se limita a plantear preguntas: las resuelve sin cambiar sus términos básicos. Preserva las diferencias pero hace posibles las relaciones.
Fuera de la ingeniería, la misma lógica parece cada vez más difícil de aceptar hoy. Vivimos en una época que tiende no a construir puentes sino a fortalecer los bancos. La vida pública se organiza en torno a posiciones e identidades que deben ser inmediatamente identificables, posiciones e identidades que definen claramente dónde estamos y, lo más importante, dónde no. La mediación se considera ambigua. Los matices son incómodos. Tratar de comprender la posición de la otra parte crea incertidumbre y el sistema tiende a castigar esa incertidumbre.
Construir un puente es más que simplemente conectar dos puntos. Esto requiere una comprensión precisa de las circunstancias de cada persona. Requiere aceptar que las fuerzas que actúan en ambos lados no son necesariamente compatibles. En resumen, requiere mantener una tensión que no puede resolverse mediante la simplificación. Esta no es una tarea fácil. Tampoco es neutral. Quien construye un puente no pertenece en absoluto a ambos lados. Tu trabajo es hacer posible la relación entre los dos, lo que significa aceptar que tu puesto inevitablemente hará que la gente se sienta incómoda. Para algunos, eso no es suficiente; para otros, dudoso.
Una sociedad que abandona los puentes acaba transformando sus diferencias en distancias irreductibles. Sin posibilidad de transmisión, las posiciones dejan de ser inteligibles y se vuelven oposicionistas. Cuando esto sucede, el conflicto ya no se puede controlar.
Vale la pena recordar que el papel de los puentes no es hacer desaparecer los bancos sino crear conexiones entre los bancos. No estandariza, no diluye y no impone síntesis. Hace algo más exigente: preserva la posibilidad de comprensión. Vale la pena mencionar que construir algo que no se pueda reducir a un solo lugar es difícil.
Porque la verdadera marca de madurez –tanto individual como colectiva– no es elegir una costa sino mantener las estructuras que nos permiten entender otra costa.
Luis Javier Sanz Baldós. Huesca
Churras y lana merina
La semana pasada, ABC publicó un extenso artículo titulado “Religious Revival in the World of Celebrity”, en el que Rosalía afirmaba haber pasado meses estudiando textos religiosos y filosóficos, especialmente aquellos de mujeres que dejaron su huella en la historia del pensamiento cristiano, como santa Teresa, Simone Weil o Hildegarda de Bingen. Me parece increíble que la primera doctora de la Iglesia, la Madre Jesús Teresa, y Simone Weil, la promotora de la primera ley sobre el aborto en Europa en 1975, fueran metidas en el mismo saco.
Luis Marlowe de Molina de Lariva. Madrid