La crisis de la izquierda de Pedro Sánchez no puede resolverse simplemente reuniendo innumerables plataformas electorales para maximizar la ganancia de escaños. Ya sea que Yolanda Díaz renuncie y se nombre a Gabriel Rufián, o quien esté dispuesto a liderar el nuevo conglomerado del cartel, no habrá una reversión completa de este drama. Esta pregunta es más profunda y de mayor alcance porque habla del agotamiento de este proyecto entre aquellos de izquierda que han desafiado al establishment español. Nacidos el 15-M, hay evidencias de que su ciclo político ha terminado.
Por eso es irritante que casi las mismas caras –incluidos ministros– que han trabajado en estas instituciones durante una década, varios de ellos en el poder, parezcan pedir una revitalización del espacio. Cuando la gente habla de entusiasmar a los votantes, muchos simplemente ven más de lo mismo o desesperanza. Aunque algunos creen que los españoles todavía no entienden su proyecto, quizá sepan demasiado. Esto es lo que pasa con la vivienda. Desde topes a los alquileres (que limitarán los precios en Barcelona hasta cierto punto a expensas de que menos personas puedan utilizar un techo sobre sus cabezas por falta de oferta o desvío hacia otros fines como alquileres de temporada) hasta prohibiciones contra los desalojos (que llevan a que muchos propietarios se muestren reacios a alquilar a personas vulnerables por miedo al impago), hay una pista que explica el desgaste de la izquierda del 15-M: su incapacidad para representar a los nuevos indignados. El actual espacio a la izquierda del PSOE fue diseñado para abordar el período de austeridad, despidos masivos y desalojos posterior a 2010; pero estas medidas no han demostrado su eficacia a largo plazo, ni han resultado efectivas frente a las circunstancias actuales de crecimiento económico y pobreza ciudadana.
Como resultado, lo que antes se llamaba la extrema izquierda está experimentando una crisis programática a medida que pierde contacto con la nueva era. La falta de proyectos conjuntos explica por qué las acciones de Rufián, Emilio Delgado o Soumare parecen más relacionadas con la conservación de escaños que con el drama de fondo del cambio de la política española, como se hizo ambiciosamente en 2015. Lo único que queda es asignar los derechos de voto. Podemos es muy consciente de ello y hoy se dirige a votantes que se basan claramente en la identidad y, como dijo Erin Montero, “no hay necesidad de construir” a pesar de que los datos respaldan lo contrario.
Por extraño que parezca, la erosión ideológica de la extrema izquierda, o izquierda populista, es parte de su éxito durante la última década. Si hoy hay un páramo de nuevas ideas o de caras nuevas es porque alguna vez supieron representar los sentimientos de los numerosos ciudadanos que protestaron contra la ortodoxia de Bruselas. Si la UE ha abierto sus puertas al gasto a causa de la pandemia o de la crisis inflacionaria -hasta el punto de que existe un llamado “escudo social”- es porque desde Grecia hasta España hay voces que se alzan contra la pobreza energética, los recortes del gasto o el empobrecimiento de millones de ciudadanos.
El problema es que cuando las realidades políticas cambian constantemente, la idea de que el entorno político es estático o de que otros partidos no pueden llenar los vacíos es anacrónica. Desde que Pedro Sánchez se convirtió en líder indiscutible, la crisis de la izquierda del PSOE también se ha agravado: críticas a la tecno-oligarquía, retórica contra los “poderosos”, trato al independentismo mediante amnistías e indultos, adopción de la política de vivienda de Podemos, incluso más énfasis en la defensa de Palestina que Ione Belara.
Sin embargo, los tiempos están cambiando en nuestro país: un síntoma de este fenómeno son las posibilidades ideológicas destiladas por las acciones de Rufián y Delgado, todo ello a riesgo de que los más puristas o ideológicamente inclinados terminen llamándolos fascistas. Es más, algunos barómetros señalaban esta semana un descenso del feminismo entre los jóvenes, que algunos atribuyen a la gestión del Departamento de Igualdad, entre ellos Ángela Rodríguez-Pam o Montero. Pero ciertamente hay algo más relevante: hasta qué punto el Partido Púrpura ha servido en los últimos años como vehículo para desmantelar causas anteriores como el sindicalismo o el feminismo. Parte del páramo que socava este espacio es el cuestionamiento de manera adánista a quienes han luchado antes, o la creencia de que la política empieza y termina en las instituciones porque los del 15-M ya están ahí para darle un cauce a la política.
Así que no es tanto el espacio de la izquierda de Sánchez lo que está en declive, sino el ciclo de diseño y la forma de su partido. Durante un tiempo, se pensó que la extrema izquierda debería ser la salvadora y reemplazar a los movimientos sociales para tener un mayor impacto. El hecho de que izquierdas locales como BNG o Bildu atraigan a tantos jóvenes demuestra que aún no todo ha terminado. El magma social de los huérfanos continúa: jóvenes que no llegan a fin de mes, mujeres que buscan refugio en instituciones, familias empobrecidas, médicos que protestan por las condiciones laborales… En ninguna parte está escrito que los terrenos baldíos no puedan volver a convertirse en campos.