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Los peores augurios se confirmaron. La Real Sociedad hizo el anuncio oficial este domingo. Álvaro Odriozola se rompió el ligamento cruzado anterior de su rodilla izquierda. Lo más importante es que la lesión fue un golpe devastador para el propio futbolista. Más allá de sus implicaciones competitivas para la Real Sociedad, el significado real de esta jugada es personal. Porque justo cuando el lateral donostiarra parecía haber dejado atrás la desgracia que le había acompañado en los últimos años, cuando por fin volvía a sentirse relevante y competitivo, el fútbol le volvió a poner a prueba.

Odriozola volvió a entregar su mejor versión. Recuperó energía, confianza y continuidad. Parecía relajado, profundo, agudo ofensivamente y sólido defensivamente. El futbolista eléctrico que cautivó a Anoeta y acaparó la atención de media Europa. Fue esto lo que llevó al Real Madrid a apostar fuerte por él, pagando cerca de 30 millones de euros por su fichaje. No es sólo una cuestión de acumular tiempo de juego, es una cuestión de sensaciones: vuelve a tener esa determinación en cada salida, esa personalidad para exigir el balón y asumir la responsabilidad.

Su carrera reciente se ha visto empañada por una serie de problemas físicos que han dificultado su continuidad. Las lesiones han sido un obstáculo desde su regreso al Real Madrid, impidiendo cualquier intento de articulación y eventual consolidación. Parecía que cada vez que empezaba, su cuerpo decía ya basta. Cada vez que encuentro un ritmo, surgen frustraciones. Esta falta de regularidad no sólo afecta el rendimiento de los jugadores, sino también la confianza de los jugadores que dependen de la energía, la velocidad y la explosividad para sobrevivir. De hecho, estuvo más cerca de marcharse que de quedarse el pasado verano, aunque al final no le llegaron ofertas y optó por seguir adelante.

El partido contra el Real Oviedo fue emblemático de todas las crueles contradicciones. Con un déficit de 0-2, entró para causar sensación, con la intención de cambiar el partido. Menos de un minuto desde que ingresó, durante un movimiento fortuito con el presidente, su rodilla lo decía todo. Esta no es una obra violenta ni particularmente espectacular. Es parte del fútbol, ​​pero a veces se convierte en un dicho.

Lo que siguió fue la imagen realmente impactante: Odriozola abandonando el campo llorando al darse cuenta de que algo grave había sucedido. No es sólo dolor físico. Es el presentimiento de un hombre que sabe que meses de trabajo silencioso, paciencia y resiliencia pueden volver a verse truncados. La confirmación del daño del Cruzado simplemente le dio un nombre a esta premonición.

La lesión supuso un abrupto freno a sus momentos más prometedores en los compases finales. Justo cuando parecía haber dejado atrás su fragilidad física, cuando por fin recuperaba el juego y la confianza, el destino le obligó a empezar de nuevo. Esta no es la primera vez que se ve obligado a hacer esto. Esa es la verdadera gravedad del golpe: no es sólo una lesión grave, es una repetición de la desgracia.

Porque el caso de Odriozola no es el de un futbolista que no está trabajando o intentando reconstruirse. de lo contrario. Pasó por asignaciones de tareas, cambios de roles, competencia feroz y un proceso de recuperación largo y arduo. Tiene que reinventarse, aceptar sustituciones y luchar por volver a jugar. Cuando finalmente se reunió con sus jugadores originales, el fútbol volvió a exigir paciencia.

Ahora comienza otro proceso largo, complicado y laborioso. La rotura del ligamento cruzado no sólo pone a prueba las rodillas, sino también la cabeza. Meses de rehabilitación, gimnasios, aislamiento, observando a los compañeros desde la barrera. Para un jugador que depende tanto de su juego de la velocidad y la potencia, siempre surgirá incertidumbre. Pero si algo ha demostrado Odriozola es capacidad de sacrificio.

Esto no es mala suerte para el Real Madrid. Esto es lamentable para él. Para un futbolista que había luchado contra la adversidad durante demasiado tiempo, cuando volvió a divertirse en el campo, descubrió que todo se detenía en un minuto. A veces el fútbol no entiende del desierto. Esta vez fue especialmente cruel con Álvaro Odriozola.



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