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Esta firma de libros no es una broma, es algo serio. El pasado jueves, en la librería Casa del Libro, en plena Gran Vía madrileña, caí en los brazos de mis lectores, o ellos cayeron en los míos, una fusión amorosa y lujosa Entre sonrisas y dulces palabras, duró tres horas y terminó no porque ya no hubiera lectores avanzando en la sinuosa cola, sino porque la librería estaba casi cerrada. Al día siguiente, en una habitación del hotel Wellington de la calle Velásquez donde me hospedaba, los lectores y yo volvimos a enamorarnos sin reservas y excesivamente, y el ritual de seducción, caricias y apareamiento que me poseían, me complacían, se dejaban galopar duró cuatro horas y media, y sobreviví gracias a algún que otro café y Coca-Cola que me regaló un servicial camarero.

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