La noche de Fibes comenzó con un murmullo colectivo. Las luces se fueron apagando lentamente, como una persona que hubiera estado esperando esta noche durante meses, y en la oscuridad, un rayo de luz apuntó al piano. Vino desde una esquina del auditorio … Un espontáneo “estás tan guapa” y la risa nerviosa de Pablo López finalmente iluminaron Sevilla.
“Es un lujo que le dediques una velada a mi música”, dice todavía medio sonriendo, antes de desvelar el primer secreto de la noche: “Como soy”, un adelanto inédito del próximo álbum que salta en el horizonte. Apenas sostenida por un piano, la canción flota en el aire, como si el artista estuviera tomando el pulso a la ciudad. Sin apenas pausa, Space Children atacó, apoderándose del escenario como una banda de cinco músicos. El auditorio ya no es una butaca, sino un coro. López miró con entusiasmo hacia la audiencia y vio a su madre. “Le debo todo”, admitió colocándose la mano en el pecho. Luego se pone a tocar: parte el teatro por la mitad, marca el ritmo con los pies, convierte el coro en un duelo gozoso y finaliza con un sonoro abrazo.
El primer acorde de “Lantern Girl” evoca un reconocimiento inmediato. Cientos de teléfonos móviles se alzan creando un mar de luz que parece hablar del título. “Hay una canción que es realmente importante para mí”, declara antes de lanzarse a “My Journey”. La aparente calma estalla con “My Shoes Know It”. Todo el auditorio cantó el coro a capella; López se alejó emocionado del micrófono y respondió de la misma manera. El Sevilla le dedicó una ovación que duró más que el silencio que siguió.
La noche transcurrió entre derroches improvisados, gritos inesperados y la sensación de que cualquier cosa podía pasar. Los sonidos de “Freedom” y “I’m here for you” resonaron y la bienvenida fue cálida. Pero la noticia no tardó en llegar: “Esdrújula” voló por encima de las manos alzadas. “Les mostraré el estribillo y podrán grabarlo para que lo reproduzca la cadena”, sugirió, y en cuestión de segundos todo el teatro cantaba al unísono la canción que habían escuchado por primera vez un minuto antes.
una noche emotiva
El concierto continuó con “Quasi” y “Vi”, haciendo que una vez más todos se levantaran de sus asientos. Fueron tantos gritos que el propio artista pidió una tregua. Hace una breve pausa para leer algún verso inédito antes de que se acerque la tormenta. Esta tormenta se llama “tu enemigo”. El espectáculo alcanzó su clímax cuando López saltó hacia la audiencia, cantando mientras caminaba por los pasillos, subía las escaleras y buscaba ojos en el techo más alto del auditorio. A partir de ahí se lanza a los primeros compases de “Two Words” y desata la locura definitiva. Cuando volvió al escenario, como si la tierra tirara de él, cantó algunas estrofas del himno nacional de Andalucía.
Después de la alegría, viene la caricia. “Mamá no” devolvió la tranquilidad, y la versión de Silvio Rodríguez de “Óleo de la mujer del sombrero” llenó de nostalgia la sala. “The Biggest Hug Ever”, “The World” y “Patio” completan una sección final inigualable, cantada con la voz quebrada pero el corazón intacto. Incluso hubo espacio para guiños como “Living Fast” y luego llegó el momento de presentar a la banda y despedirse del sonido de “Suplicando” que hizo que todos en la sala se pusieran de pie y hicieran retumbar el suelo.
Cuando todo terminó, nadie parecía tener prisa. Este niño del espacio conquistó Sevilla, no con fuegos artificiales, sino con algo más difícil: vulnerabilidad, voz y verdad.