Este martes, el largo malecón de Mazatlán se llenó de risas mientras los niños corrían, lanzaban nieve artificial, confeti, pompas de jabón, reían y, en definitiva, eran protagonistas de un ejercicio verdaderamente desenfadado. El cálido sol del sur de Sinaloa se combina perfectamente con las frescas y abundantes brisas de los suaves inviernos del Pacífico. Cientos de personas habían ocupado el borde de la vía desde primera hora de la mañana, ofreciendo sillas, taburetes y refrigeradores portátiles, cervezas en mano, la única preocupación era el vestuario de los bailarines, ya era tarde. La crisis de violencia que ha azotado a esta parte de la costa mexicana en las últimas semanas parece inexistente, o más bien irrelevante, guardada en el desván de los problemas a resolver por la fuerza. Hoy, último martes de vacaciones, no es día para hacer muecas.
“¡Siempre vengo al desfile y les preparo tacos para los ojos a los niños!” dice, juguetona y coqueta Virginia Aguirre, quien prefiere ocultar su edad. Aguirre es de Mazatlán y no se pierde el desfile: le encanta observar a los bailarines, con indirectas… pero a través de los ojos, por pura observación. El desfile es una tradición familiar. El primero fue el domingo y desde el miércoles estaban colocando sillas en el malecón y turnándose para vigilar el lugar. El carnaval de hoy empezó a las 15:00 horas, pero no se preocuparon demasiado: llegaron a las 8:00 horas. La mujer dijo que notó que el carnaval estaba “súper concurrido”, aunque quizás un poco menos que en años anteriores. “Lo que pasa con el crimen es que, está bien. La mayoría de las personas que crían porque saben, saben, ven o están cerca… lo que está pasando es feo, pero tenemos que salir y seguir con la vida”, añadió.
Hoy en día es un comentario común en esta ciudad portuaria que están en lo cierto; si alguien recibe un disparo, desaparece –lo “levantan”- o sufre algún tipo de violencia, es porque está cercano al mundo criminal, aunque sea de forma indirecta. Esto no es cierto, pero es una creencia común. Es por esto que hoy en día muchas personas pueden pasear tranquilamente por el malecón, tanto locales como extranjeros. El lunes por la noche, por ejemplo, dos amigos del estado de Michoacán, un poco al sur, dijeron: “Si no te involucras (en el crimen), no pasará nada”. Dos amigas, Kathy y Sophie, de 46 y 38 años, tenían motivos para decir que eran de un estado en “la misma situación”. Es decir, las crisis violentas son comunes y cíclicas. Son parte del paisaje. “Es la misma historia en todo el país”, dijo Kathy, con sombrero y sonriendo, ansiosa por terminar su discurso.
Aun así, la reciente violencia en Mazatlán y sus alrededores sigue siendo inquietante. Hace apenas dos semanas, seis miembros de una familia del Estado de México desaparecieron a manos de hombres armados no lejos del malecón mientras visitaban la ciudad. Al parecer su único delito fue alquilar unos vehículos RZR (un vehículo todoterreno cubierto popular en la zona) y conducirlos por unas calles sucias. Según familiares de los desaparecidos que hablaron con este diario, hombres armados los interceptaron y se los llevaron sin decir nada. Sólo regresaron dos personas, una mujer y una niña. Otros cuatro han pasado a formar parte de la sombría estadística de personas desaparecidas de la entidad. Según la Comisión Nacional de Seguridad Pública, solo en 2025 hubo 2.208 casos.

Este no es el único caso. Las montañas de la zona sur del estado, a pocos kilómetros de la costa, esperan noticias de la sierra. El 23 de enero, delincuentes tomaron como rehenes al menos a 10 trabajadores de una empresa minera canadiense en Concordia. Unos días más tarde, los cuerpos de cinco de ellos aparecieron en una tumba secreta no lejos de allí. En total, las autoridades rescataron 14 cuerpos de las fosas. Actualmente se desconocen las identidades de las nueve personas. Las discusiones posteriores se centraron en las posibles causas del incidente, ¿por qué fueron retiradas? ¿Es este un mensaje para las empresas, para los trabajadores, para algunos de ellos? ¿O es caos, como dijo hace unos días el Ministro Federal de Seguridad, Omar García Harfouchi? No está claro, pero la falta de información oficial complica cualquier explicación.
Pero esos problemas han sido eliminados por el Carnaval, la fiesta más grande de Mazatlán, una ciudad “80 por ciento dependiente del turismo”, según cálculos de José Alberto Ureña, director del Centro Internacional de Mazatlán, un centro de convenciones local. Ureña es consciente de las conversaciones que circulan en las semanas previas al Carnaval, sobre la relevancia del Carnaval en este contexto, la posibilidad de cancelar el Carnaval… “Si cancelamos el Carnaval enviamos un mensaje equivocado y complicamos la ciudad”, explica. “Ha habido algo de violencia durante el último año, pero hemos intentado tomar medidas para garantizar la seguridad. Recuerdo que hubo voces, como ahora, a favor de cancelar la reunión. Pero creo que debería celebrarse por respeto a todos”, añadió.

De hecho, todo el litoral de la ciudad, el centro histórico, la Milla de Oro, el gran acuario, el faro, las zonas turísticas, están repletos de agentes de diversas empresas. Marineros, guardias nacionales, policías municipales y estatales, miembros del Departamento de Seguridad y Protección Civil se encargan de la fiesta… Los agentes vigilan la entrada al malecón, especialmente por las noches, durante los conciertos. Es difícil que aquí pase algo. Pero afuera… afuera se sienten solos, dijo el lunes un vecino con una larga historia en el tejido de interacción de la ciudad. “El Sur está solitario. Vas a Union House, a Colonies, lejos del malecón, y es tierra de nadie”, dijo.