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El plástico es uno de los materiales más omnipresentes en nuestra sociedad. Se encuentra en los envases de teléfonos móviles, ropa y hogares. Es omnipresente en forma de microplásticos y también se ha encontrado en hígados, intestinos y cerebros humanos, así como en la Fosa de las Marianas, a 6.800 metros de profundidad, en el Océano Pacífico. La relación del plástico con el plástico encaja perfectamente en la llamada “relación tóxica”: contamina los ecosistemas terrestres y marinos, afecta la salud humana y, pese a ello, su producción global alcanzará los 436 millones de toneladas en 2023, según Naciones Unidas.
A pesar de las pruebas, no pudimos terminar la relación. En 2025, casi cuatro años después de que los países acordaran un tratado global sobre la contaminación plástica, las conversaciones se estancaron: fueron suspendidas en agosto y el ecuatoriano Luis Vayas-Valdivieso, que las presidía, renunció. Tras una votación en Ginebra (Suiza) el 7 de febrero de 2026, el cargo volvió a recaer en manos de un latinoamericano: el chileno Julio Cordano, director del Departamento de Medio Ambiente del Ministerio de Asuntos Exteriores, de quien se espera que dé nuevo impulso a las negociaciones. “El desafío que enfrentamos es alcanzar un consenso realista pero ambicioso, lo cual es crucial para el éxito del acuerdo”, dijo Cornado en un comunicado después de su elección.
“La lucha contra el plástico ha tenido un sello latinoamericano desde el principio”, comentó Alberto Quesada, experto internacional en contaminación marina y gestión de residuos plásticos, quien ha participado en las negociaciones como observador desde el inicio. “Perú, junto con Ruanda, propuso la resolución del tratado”. Países de América Latina y el Caribe también han promulgado leyes para regular los plásticos, pero a un ritmo más lento de lo necesario para la emergencia (está declarada desde los años 60), y es una carrera necesaria, con las Islas del Gran Caribe a la cabeza.
El Caribe lidera, Centroamérica se queda atrás
La avalancha de plástico no es ajena a América Latina y el Caribe. En la década de 1980, el consumo anual per cápita era de 7 kilogramos, pero ahora ha alcanzado los 35 kilogramos. Si bien esta cifra es inferior al promedio mundial (50 kg), las proyecciones sugieren que si las tendencias no cambian, la cifra estará entre 60 y 80 kg en dos décadas. Los cálculos provienen de la Alianza Global para Alternativas de Incineración (GAIA) y Libérate del plástico (BFFP), estas organizaciones también llevan a cabo actividades para rastrear si los países de la región tienen leyes o marcos que las regulen.
A mediados de 2025, de los 34 países, 23 cuentan con alguna legislación nacional específica, 3 cuentan con regulaciones sectoriales o estatales y solo 7 (20%) están en blanco. Pero si tomamos en cuenta el reciente decreto federal de Brasil que exige un contenido mínimo de material reciclado en los envases de plástico a partir de 2026 y aumentando gradualmente hasta 2040, el número de países con legislación vigente es 24. Mientras en el Caribe todos los países han ratificado algunas normas nacionales, en Centroamérica y México solo el 38% lo ha hecho, y en América del Sur la cifra es el 50%.
“El panorama sigue siendo algo sombrío”, comentó Felipe Rodríguez Torres, investigador de la Universidad de São Paulo, consultor de BFFP y autor del último informe. “Pero algunos países han logrado avances significativos” más allá de prohibir las bolsas de plástico en sus mercados. Por ejemplo, citó la responsabilidad extendida del productor, que, al menos en el papel, es compartida por Chile, Costa Rica y Colombia. Se trata de una política medioambiental que exige a los fabricantes o importadores gestionar sus productos plásticos durante todo su ciclo de vida, incluido lo que sucede después del consumo. “Normalmente, los consumidores son responsables de la contaminación y las externalidades, pero las estrategias de las empresas son no pagar por estos impactos negativos”, añadió.
En el Caribe, donde el exceso de plástico es evidente porque la región está formada por islas y cerca del mar, y donde el cambio climático está golpeando fuerte (el petróleo es la principal materia prima utilizada para fabricar la mayor parte del plástico), los países ya saben cómo actuar más rápido. En 2007, fueron uno de los primeros lugares en desarrollar un plan de zona de desechos marinos, recuerda Quesada. Unos años más tarde, en 2012, Haití se convirtió en el primer país del subcontinente en prohibir ciertos productos de plástico de un solo uso, aunque, como señala el informe, “la implementación de la legislación enfrenta desafíos importantes”. Además, Antigua y Barbuda ha adoptado medidas para hacer las normas más estrictas mediante diversas leyes. Desde 2018 prohíbe el uso de envases de poliestireno expandido (conocidos como poliestireno, poliestireno, poliestireno y plumavit) así como plásticos de un solo uso. Un objetivo que no mucha gente puede alcanzar.
En América Latina y el Caribe, los productos más prohibidos son las bolsas de plástico (88%), pajitas (63%), poliestireno expandido (51%) y envases de alimentos (43%).

Para la región, se implementen o no los tratados internacionales, es necesario romper tres barreras para superar la crisis con éxito: las regulaciones no se hacen cumplir y las alternativas plásticas no se han mejorado. Pero como comentó Rodríguez, también requiere que los productores y las empresas asuman sus propias responsabilidades. “Continúan contribuyendo al mito del reciclaje sin cambiar los productos que producen”, señaló. “Y se puede reciclar para siempre, pero porque se consume para siempre”. En 2015, según un artículo publicado en cienciaA nivel mundial se generan alrededor de 6.300 toneladas de desechos plásticos, pero solo alrededor del 9% se recicla, el 12% se incinera y el 79% se acumula en vertederos y ecosistemas.
Además, siguiendo el enfoque de otros artículos científicos, el trabajo de Rodríguez señala que en la región la producción primaria de resinas plásticas se concentra casi en su totalidad en cinco países asociados a la presencia de la industria petrolera: Brasil, México, Argentina, Colombia y Venezuela. No es fácil rastrear las botellas de plástico que nos llegan: vienen en una variedad de materias primas y no hay transparencia por parte de los departamentos sobre de dónde provienen los insumos. La falta de información pública se suma a las razones por las que no podemos cortar nuestros vínculos con el plástico.