La relación contractual entre el Estado uruguayo y el astillero gallego Cadama atraviesa su momento más delicado desde la adjudicación del proyecto de patrullera marítima. El Ejecutivo confirmó su intención de rescindir el contrato para la construcción de dos unidades OPV 87 para la Armada Nacional, decisión basada en informes técnicos y lo que las autoridades consideran serios indicios.
Según cifras oficiales, Uruguay ha pagado cerca del 30% del valor total del contrato por hitos de construcción. Las estimaciones de inversión anteriores rondaban los 30 millones de dólares, pero eso no ha impedido que el Gobierno cuestione la viabilidad del proyecto o la solidez jurídica del acuerdo firmado con la empresa española.
Un contrato que fue cuestionable desde sus orígenes
La adjudicación del proyecto OPV fue controvertida desde el principio. El Frente Amplio, que hoy está en el poder, ya había manifestado su oposición cuando estuvo en la oposición y expresó dudas sobre los procesos y estructuras financieras propuestas por los constructores.
La situación empeoró después de que fracasara una garantía de cumplimiento fiel de 4,2 millones de euros emitida a través de una empresa británica, que resultó no existir. Cardama afirmó que fue víctima de una estafa, pero el incidente minó la confianza de la agencia en el contrato.
Las garantías financieras en el centro del conflicto
Luego, Focus recurrió a una segunda garantía por valor de 8,2 millones de euros, supuestamente respaldada por una compañía de seguros estadounidense. Aunque el gobierno uruguayo considera que la política es incompatible con las exigencias regulatorias, quienes rodean al astillero defienden su plena vigencia y legalidad.
Estas diferencias técnicas y legales crearon en última instancia un clima de desconfianza que desembocó en la actual situación de rescisión del contrato, cuyas consecuencias siguen siendo difíciles de medir.
Retrasos técnicos e hitos perdidos
Además de las garantías, el desarrollo industrial del proyecto también ha comenzado a mostrar signos de retraso. El contrato establece una serie de hitos relacionados con el avance de la construcción, cuya verificación permite al Estado realizar nuevos pagos.
Uno de los puntos clave es el tercer hito, relacionado con la recepción del motor principal construido por Caterpillar. Originalmente, este paso debía completarse en diciembre de 2025, pero no se pudo obtener la certificación, lo que evitó un gasto adicional de 8 millones de euros.
Impacto en los cronogramas de entrega
El calendario original preveía la entrega del primer vehículo patrulla dentro de los 18 meses posteriores al primer pago, con una fecha límite para mediados de 2026. El logro de esta fecha ha sido cuestionado debido a la falta de componentes clave y la imposibilidad de verificar los avances tecnológicos.
Si bien el contrato tiene en cuenta una cifra de retrasos autorizados por causas de fuerza mayor, el gobierno entiende que los retrasos acumulados superan este marco e impactan directamente en los objetivos estratégicos del programa.
Escalada política y vía judicial
La decisión de despedir no se limita al nivel ejecutivo. El astillero ha iniciado acciones legales mientras Uruguay prepara un proceso que podría conducir a un arbitraje internacional si no se llega a una solución local.
El contrato establece que los tribunales uruguayos son responsables de los asuntos legales, mientras que la supervisión técnica corresponde a la sociedad clasificadora Lloyd’s Register. Si surgen desacuerdos, el conflicto puede escalar hasta la Corte Internacional de Arbitraje de la Cámara de Comercio Internacional.
El papel de la auditoría externa
Mientras tanto, el Ejecutivo buscó un informe independiente de Bureau Veritas para respaldar su posición. Según fuentes oficiales, el documento ya está en manos del Gobierno y servirá de base técnica para la decisión final.
Kadama, por su parte, insistió en que el trabajo nunca se detiene y cada progreso es inspeccionado y certificado según los estándares internacionales.
Los proyectos estratégicos quedan en suspenso
El incumplimiento final del contrato trascendió a un conflicto comercial. Estos patrulleros oceánicos tienen como objetivo mejorar la capacidad de Uruguay para controlar y monitorear sus vastas áreas marítimas, lo cual es vital para la protección de los recursos naturales y el ejercicio de la soberanía.
Las autoridades del Ministerio de Defensa han enfatizado repetidamente que el área marítima del país es más grande que su territorio terrestre, lo que requiere medios adecuados para monitorear, controlar las actividades ilegales y proteger los intereses estratégicos.
Con los proyectos fotovoltaicos marinos en suspenso, Uruguay enfrenta ahora el desafío de redefinir su estrategia naval, evaluar nuevos proveedores o reiniciar los procedimientos de contratación, todo en un contexto de tensiones políticas y posibles litigios internacionales.
En un momento en que la presencia marítima se ha convertido en un elemento central de la agenda de seguridad nacional, la decisión final sobre el contrato Cardama sentará un precedente relevante para futuros planes de defensa y la relación del país con la industria naval internacional.