En noviembre, apareció una multitud. O eso parece.
Nos cuentan que una generación ha decidido irrumpir en la arena pública: esta es la Generación Z, y se disfrazan de piratas.
Dicen que los jóvenes saldrán a las calles como resultado de un repentino despertar colectivo. Escenas como esta suelen entusiasmar a la cámara.
Algo andaba mal desde el principio: tal vez la escena era demasiado brillante.
Quizás la marcha pareció espontánea pero estuvo demasiado nutrida hasta el punto de surgir del caos humano.
Puede que no tenga sentido que las conversaciones digitales estén creciendo a un ritmo tan antinatural. Imagínese esto: ocho millones de personas hablando al mismo tiempo, usando las mismas palabras, el mismo ritmo, la misma entonación.
Quizás esto es con lo que termina la serie.
Los datos –siempre menos épicos, siempre menos fotogénicos– sugieren otra historia. Casi la mitad de estas voces no pertenecen a nadie.
Además: esta historia no nació en las calles, sino en reportajes del exterior.
El tiempo no tiene interés en refutar a nadie, y el resto quedará en manos del tiempo.
Dos meses después del llamado levantamiento generacional en un despertar nacional, nadie sabía nada de ellos.
Esto no quiere decir que las demandas de quienes hablan en nombre de la Generación Z no persistirán; Confirmarlo sería otra mentira. Mentiras versus mentiras. Lo que nunca existió fue el movimiento.
El movimiento real no se desactiva mediante un interruptor. Se equivocan, se contradicen, dividen, persisten.
La otra es la simulación.
Vale la pena recordarlo. Llamar “movimiento social” a las operaciones humanas, además de empobrecer el lenguaje de la política, aleja del foco de atención a quienes participan en la política, sin métricas infladas ni transmisiones en vivo.
La política no ocurre cuando todo el mundo está mirando. Esto es lo que pasa cuando alguien decide quedarse.
Aquí, después de que se apaga la luz, no hay nadie.