La carrera artística de Beatriz González comenzó en naranjas. Todavía estaba en la escuela cuando dibujó la cáscara. Años más tarde diría que éste fue su primer éxito con un cuadro. La monja que asistía a clase tomó la naranja en su mano, la sacó y exclamó: “¡Artista, artista!”. El destino parecía haber marcado a González, de entonces 10 años, quien siguió este camino hacia el éxito y el reconocimiento en una carrera de más de 6 años. El artista bumanguesa, uno de los pintores más famosos del país y de gran influencia en el panorama artístico internacional, falleció este viernes en Bogotá a los 93 años.
La noticia del fallecimiento de González generó el pésame de varias entidades artísticas del país. Uno de ellos, el Museo de Arte Moderno de Medellín, recordó que ella, junto con otros artistas, intelectuales, empresarios y administradores, impulsó la creación del museo en 1978. “Su carrera ha sido una brújula para nuestra institución”, escribe el museo en una publicación. “Su enfoque, que ella misma definió como ‘pop provincial’, desafió la jerarquía del arte académico al integrar la estética popular, el periodismo gráfico y la cultura material colombiana a la narrativa artística del museo”. Su trabajo ha recibido elogios de la crítica en su país y también ha sido reconocido por varias importantes galerías y espacios de arte de todo el mundo: el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, el Museo Nacional de Arte Moderno del Reino Unido o el Museo Nacional Reina Sofía de Madrid.
González también es historiadora y crítica de arte, habiéndose formado en la Universidad de Los Andes en Bogotá, donde tuvo contacto con profesores como Juan Antonio Roda, Marta Traba y Ramón de Subilla. Fue allí donde conoció la obra de Fernando Botero, que fue crucial para el inicio de su carrera, y desarrolló una amistad muy estrecha con el también artista Luis Caballero. A principios de los años sesenta, poco después de graduarse en Los Andes, comenzó a participar en exposiciones locales, como las del Museo de Arte Moderno de Bogotá o el Museo Tertuglia de Cali.
González comenzó a saltar a la fama. El suicidio de Sisca. (1965), este cuadro representa a una pareja que acabó con su vida en una presa cerca de Bogotá. Este trabajo le valió algunos de sus primeros premios y ciertamente marcó el comienzo de cómo se reconocería su estilo. Como se explica en un documental del Republic Bank, la pintura se basó en una foto periodística de un suicidio publicada en un periódico. tiempo. A González no le interesaban las palabras sino las fotografías, que dijo eran de mala calidad: las arrugas del rostro del suicida apenas se notaban y no había mayores detalles. Gracias a ella empezó a ver claro el estilo que quería darle a sus pinturas, llevando finalmente la cotidianidad de la sociedad colombiana y su trágica convivencia permanente con la violencia al ámbito del Pop Art.
Este cuadro le dio a González un estilo único y significó el inicio de una manera especial de contar Colombia. A través del arte se convirtió en el cronista del país. No en vano, las fotografías periodísticas seguirían convirtiéndose en el alimento básico de su obra visual, lo que a la postre les confirió un carácter permanente correspondiente a su carácter perecedero. Sin embargo, a pesar de muchos intentos de catalogar su trabajo como crítica política, en realidad siempre se mantuvo al margen. El propio artista comentaba a este periódico en 2018: “Mientras sea posible, recordaré que no soy un artista político. Cuando un artista está dispuesto a sentir que su obra puede convertirse en una reflexión histórica, está comprometido con la realidad. Como alguien dijo, el arte cuenta cosas que la historia no puede contar”.
Las reflexiones históricas a las que se refirió volvieron a sentirse con fuerza en 2009 cuando presentó su monumental obra. aura de anonimatoHay aproximadamente 10.000 lápidas en el columbario del Cementerio Central de Bogotá, donde están enterradas miles de personas no identificadas muertas en el conflicto armado de Colombia. Esta imagen se repite, causando asombro e inquietud a quienes la ven: la sombra del carguero de los muertos unida a un precepto que Colombia parece rechazar muchas veces: “La vida es sagrada”. El artista explica: “La escena que utilicé es la de soldados o agricultores cargando cadáveres, y estoy seguro de que esta obra no caducará porque es útil para la memoria. Quería atraer el aura de los miles de muertos que pueden estar flotando aquí y proporcionar un espacio donde aquellos que quieran llorar puedan hacerlo”.
La apuesta de González, por tanto, es cuestionar, no criticar. Al señalar que una sociedad es parte de la historia de un país que ha experimentado violencia, muchas veces mira hacia otro lado o cierra los ojos. La propia pintora lo resumió así en 2022, y ahora con su muerte parece aumentar también su legado y su memoria: “No sólo abro los ojos, sino que quiero que la gente abra los ojos. Se olvidan rápido. Se han olvidado del Palacio de Justicia y creen que todo está bien. Entonces la repetición, la repetición, la repetición de las cosas me llama mucho la atención en el alma. No creo que el arte salve a la gente, pero sí ayuda a que la gente piense más, porque si Si no lo hace, el país tocará fondo”.