9b831d85-2cf4-49a1-90b5-e44b01e72fd2_facebook-aspect-ratio_default_0.jpg

Una de las muchas cosas que mejor hace Julio Cortázar es darle cuerda a un reloj y explicarnos cómo funciona. “En el fondo está la muerte, pero no tengan miedo (…) Si no corremos, alcanzamos primero y entendemos que ya no importa, entonces en el fondo está la muerte”. Un reloj no es un objeto inocente. No se utiliza para saber la hora, sino para saber cuánto tiempo ha pasado para una persona. Su verdadera utilidad comienza cuando le das cuerda, avanzas sus manecillas, introduces su ritmo y dejas que te dé órdenes. El resto, como lo ve Cortázar, es literatura.

Este tipo, que genio, lo que hace en esta historia es invalidar la idea de neutralidad que asociamos con el tiempo, porque tendemos a pensar que nos movemos a lo largo del tiempo, en lugar de llevarlo a cuestas, incrustado en nuestras espaldas, ignoramos que puede funcionar sin nosotros, que sigue existiendo en habitaciones vacías, en cajones cerrados, sin ser consciente de nada más que de su propia inercia. En otras palabras, el tiempo existe, pero no le importamos. Intentamos medirlo como la probabilidad de calor o frío, viento o lluvia, esencialmente para saber qué esperar y qué ponerse en ocasiones.

Referencia

About The Author