Al no aparecer Bisbal, entró corriendo. Uno está paseando decidido por un escaparate, pagando unos trámites a María Jesús Montero, o mirando sin prisas un teléfono móvil, cuando de repente aparece en la televisión, en la radio, en algún lugar o en algún lugar, la figura de David Bisbal. … Crónica, sonríe como si viniera de un optimismo inventado. Bisbal no entró en escena, simplemente se instaló. Te trae voltaje. Ni tarde ni temprano, llegará. Él siempre llega a tiempo. OT ganó, pero no ganó, Porque está ahí mismo, hay una pista que no sé cuál es, pero igual va a llenar el estadio. Acabo de leer que hay generaciones que lo siguen. Ahora tiene unos cuantos villancicos que son como canciones de verano pasadas de moda y un desastre, pero le va a arrebatar la monarquía navideña a Raphael.
Bisbal tiene el raro don de estar en todas partes, como si fuera un instrumento emocional. No lo pediste, pero funciona. En la radio que no escucharías en un taxi, en comerciales que no verías, en concursos que no sabías que existían. Bisbal no pide información. Lo es ahora. Canta porque sí, como quien respira. No sabes si ha lanzado un nuevo álbum, pero sabes que sabe cantar y eso es suficiente. Por supuesto, de alguna manera no superó su primer y último golpe, “Ave María”, no una canción sino un fenómeno atmosférico. “Ave María” no suena. Apareció como su cantante. Podrías arruinar una boda, un centro comercial o un vídeo viral grabado desde un rascacielos. Cada vez que Bisbal cantaba el coro de “Ave María”, el aire se tensaba, como si el mundo entero supiera que había un grito largo y limpio que había lanzado cuando era colega de Rosa de España.
No es una colección de discos, es una colección de momentos. Momentos Ave María, momentos de villancicos, momentos de celebración, momentos de filantropía
Así que en lugar de cantar, Bisbal entrena. Hay atletismo en su música, pura resistencia. Evidentemente, en estos días volvemos a escuchar villancicos y Bisbal no sólo celebra sino que inaugura la Navidad. No importa si anuncia vino espumoso, grita delante de un árbol o convierte un coro clásico en una declaración de estadio. Bisbal entiende un villancico como un himno que hay que cantar con fuerza, como si al final saliera el niño Jesús a saludar. Convirtió el buen rollo en una pericia técnica. No es un ingenuo sino un profesional apasionado. Sonríe metódicamente, saluda estratégicamente y emocionate sin despeinarte, o rara vez despeinarte. Parece cerca, pero no demasiado. Da la impresión de que siempre está bien y sólo toma vitaminas porque no se permite ser regular porque la regularidad no es gratificante. No era un genio torturado, ni pretendía serlo. En cambio, fue el compañero de equipo que corrió más carreras que nadie y nunca protestó. Mientras otros buscan profundidad, él busca duración. Lo encontró.
Se ha convertido en una especie de termómetro de la vitalidad. Si la voz de Bisbal está ahí fuera, sabrás que el mundo sigue girando, para bien o para mal, pero aún así. En rigor, no se trata de una colección de discos, sino de momentos. Momentos Ave María, momentos de villancicos, momentos de celebración, momentos de filantropía. Su carrera es una serie de momentos tensos, bien situados y bien iluminados. Actuó un poco como un héroe familiar, como un primo famoso que siguió saludando a pesar de su victoria. No interfiere, no desafía, no interfiere. Sobrevivió al olvido, que es como decir que no murió por el éxito. Incluso sobrevivió a sí mismo. Lo mejor de todo es que siempre nos canta villancicos, lo queramos o no.