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Sólo hay un jugador en la historia del fútbol inglés que haya marcado la diferencia en dos finales consecutivas de la Copa de Europa I: en 1979 dio la asistencia perfecta y en 1980 marcó él mismo el gol de la victoria. Era John Robertson: un escocés con un cigarrillo en la mano, aspecto descuidado, pero pies de mago.

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